Yacía sola en su cama, acompañada de sus
dos hijos y sus respectivas mujeres. Dimas, el menor, sollozaba en un rincón de
la habitación en semipenumbra. Joana, su mujer, intentaba consolarlo. Darío, el
primogénito, estaba sentado en una silla a su lado. Parecía más preocupado que
apesadumbrado por la inminente desaparición de su madre. Adriana, la esposa de
Darío, daba órdenes a la enfermera, que hacía lo posible para que la moribunda
estuviese lo más cómoda en sus últimos instantes
sábado, 2 de agosto de 2014
miércoles, 30 de julio de 2014
La maldición de las amazonas
El momento más
temido se acercaba. Diana notaba que las contracciones eran cada vez más
seguidas y dolorosas. “Que sea otra niña — rogaba en medio de los dolores— por
favor, Señor, no me mandes un varón”. Este ruego se había convertido en un
mantra desde que supo que estaba embarazada de nuevo.
En la primera
ocasión tuvo suerte; fue una niña sana y robusta. Era la alegría de su vida.
Había intentado por todos los medios no volver a tentar al destino quedándose
embarazada, pero su marido, André, quería aumentar la familia y sobre todo
quería un heredero. Diana había intentado explicarle a su esposo la maldición
que arrastraba su familia.
-
¡Eso son cuentos de viejas! —
respondía André dando un manotazo al aire, como si apartase un molesto mosquito.
Luego su semblante se tornaba severo y añadía:
-
Debemos tener muchos hijos,
como manda Dios: “creced y multiplicaros”. Y además, alguien tendrá que heredar
la plantación y las tierras. Aunque sean hectáreas infectas por los insectos
del bayou, nos dan buenos réditos.
Somos la aristocracia de Lafayette. ¿Qué pasará con nuestro patrimonio si no me
das un varón que lo pueda administrar y enriquecer más, si cabe? Te lo digo muy en serio, Diana, o te
dejas de esas tonterías de no querer tener más hijos o anulo el matrimonio.
Diana sabía que
su muy católico marido hablaba en serio. Para él había dos cosas sagradas, su
religión y su patrimonio. El criollo André, seguía respetando las tradiciones
de sus antepasados franceses y desechaba los ritos cajún como supercherías
paganas. Ella, cajún de pura cepa, confiaba más en la traiteur, que en cualquiera de esos médicos pertrechados de
aparatos extraños y medicamentos novedosos que curaban casi cualquier dolencia.
Si André supiera
que había estado tomando las hierbas que evitaban el embarazo, la habría
repudiado inmediatamente. Pero era cuidadosa y sabía que podía contar con la
discreción de la Marie, la traiteur.
Pero esta vez las hierbas no dieron resultado. De cualquier forma, allí estaban
Marie y ella, ambas rezando a todos los espíritus para que las ayudara a burlar
una vez más la maldición, mientras André esperaba ansioso por saber el sexo de
su nuevo vástago.
Diana, en medio
de la nube de dolor, observaba la mueca que ensombrecía el rostro de Marie.
Ambas sudaban a mares. En aquella amplia habitación, con los amplios ventanales
de doble hoja abiertos de par en par, no alcanzaba a correr una sola brizna de
la brisa de los pantanos. El día comenzó soleado pero fresco. A medida que iban
avanzando las horas, se nubló y el suave viento había parado. Hacía un bochorno
espeso que agobiaba a la parturienta más de lo que ya estaba. A lo lejos se
oían retumbar los truenos que anunciaban tormenta.
-
¿Qué pasa, Marie? — preguntó Diana cada vez más
angustiada por la preocupación pintada en el rostro de la curandera.
-
Algo
no va bien. Había sangre en las aguas del parto y se avecina una tormenta.
Esperemos que al menos rompa después de nacer el niño, sería lo menos malo.
El
parto duró un par de horas más. Justo en el momento en que el bebé coronaba, un
rayo rajó el cielo iluminando la habitación en sombras y el estruendo hizo
estremecer la palangana con el agua que refrescaba la frente de Diana. Comenzó
a caer una lluvia fina que se fue tornando en aguacero para cuando Marie sacó
al niño por completo.
-
Lo siento, Diana… es un niño…
un niño nacido con la llegada de la tempestad. Su destino está abocado a la
violencia. La maldición seguirá a este niño hasta la tumba.
Diana rompió a
llorar. Abrazaba al pequeño y sentía un dolor semejante al que sentiría si
hubiese nacido muerto. Y es que así era. Su pequeño estaba condenado a la
muerte antes de cumplir el año. La maldición que había perseguido desde tiempos
remotos a las mujeres de su familia no acabaría nunca. Ignoraba el origen pero
era innegable que todos los varones que parieron las antepasadas de Diana,
corrieron la misma suerte.
Entendía ahora
el sufrimiento y la amargura que habían marcado la personalidad de su madre y
su abuela pues habían visto cómo sus hijos, el fruto de sus entrañas, morían en
accidentes horribles. Ella misma fue testigo, junto a sus seis hermanas, de
cómo su hermanito de siete meses, que aprendía a gatear en ese entonces, era
decapitado en el jardín con el cristal de una de las ventanas de la casa que se
había roto inexplicablemente. Otro, se aventuró demasiado en dirección a la
escalinata que llevaba al jardín trasero y su cuerpo quedó retorcido en una
postura horrible.
Y ahora algo
espantoso le iba a ocurrir a su pequeño y ella no podría hacer nada para
evitarlo. Diana se desesperó. Sentía la pena y la impotencia que debieron
sentir su madre y su abuela antes que ella. Pero algo habría que se pudiera
hacer. Ella no podía resignarse a esperar que la cosita tierna que apretaba
contra su pecho tuviera un fin tan espantoso.
Marie, cogió al
niño para limpiarlo y anunciar al padre el nacimiento. André entró en el cuarto
exultante y se quedó asombrado al ver a su mujer llorar desconsolada.
-
¿Qué pasa, Diana? ¿Está bien el niño? Marie me ha dicho
que es un niño sano. ¿Dónde está? ¡Quiero ver a mi heredero!
Al
oír estas palabras, Diana lloró con más fuerza.
-
¡Ay, André! Nuestro hijo no
sobrevivirá para heredar nada. Está escrito que morirá antes de un año. ¡Por
eso no quería tener más hijos! No quería tener que pasar por este infierno…
-
¡Maldita sea! Estoy harto de
tus supersticiones blasfemas. Maldiciones… ¡Maldición la que me tocó a mí por
casarme con una cajún! Y ahora quiero ver a Pierre André.
Mientras André
contemplaba orgulloso a su progenie, Diana pensaba desconsolada en sus hijos.
Pierre no llegaría a la adolescencia y su hija… su hija cuando fuera madre tendría
que vivir con esa pesadilla toda la vida. No podría ser feliz disfrutando de la
ilusión de ser madre por temor a tener varones y, luego, cuando los tuviera,
sufriría como ella estaba sufriendo ahora. ¡Condenada maldición! Ella tendría
que pasar por ese suplicio pero no iba a permitir que Belle, su hija, tuviera
que pasarlo también. Haría lo que hiciese falta para acabar con todo aquello de
una vez por todas.
Diana paseaba
por la biblioteca. Aquel vasto imperio de estanterías que iban del suelo al
techo, lleno de libros de todos los tipos y épocas, no estaban dándole las
respuestas que buscaba. Poesía, ensayos, tratados científicos y la Biblia. Nada
de leyendas, ni orígenes de maldiciones. ¿Qué otra cosa podía esperar que
tuviera André? Pero
alguien debía saber; en algún sitio debían estar las respuestas.
Marie fue a visitarla para ver cómo estaban el niño y ella. Hacía un mes
que Pierre llegó al mundo pero la madre no estaba tan recuperada como cabía
esperar. Ella sentía que la recuperación de Diana se retrasaba por su estado de
angustia, y con eso poco podía ayudar. Pero aun así, se preocupaba por la
muchacha que había traído al mundo veinte años atrás. La madre de Diana y ella
fueron como hermanas hasta en la pobre mujer murió en el último parto cuando
alumbraba al séptimo varón, que tampoco sobrevivió. Desde entonces, Marie había
tomado bajo su protección a las hijas de su amiga, desde lejos, sin que se
dieran cuenta. Pero Diana era especial. Sentía en ella una fuerza que ninguna
de las otras mujeres de su familia tenían y la seguía muy de cerca.
Aquella tarde, cuando Marie entró en la sala de recibo de la plantación,
vio a Diana que ya la esperaba con un juego de té preparado sobre la mesa de
hierro forjado. Estaba sentada frente al balcón redondo y los rayos del sol que
atravesaban la cortina de seda roja, la bañaban en una luz rojiza. De su cuello
manaba sangre a borbotones salpicando las paredes. Pierre yacía muerto en su
regazo con la cabeza abierta por la mitad; la sangre de ambos se mezclaba y lo
inundaba todo. Diana la miró y sonrió:
-
Marie, querida, ¿qué haces
ahí plantada? ¿Necesitas
permiso para entrar?
Marie parpadeó y
vio que no había luz roja, ni sangre, ni nada anormal. La luz del sol entraba
por el visillo blanco de chifón y Diana, a parte de las ojeras intensas en sus
ojos, tenía un aspecto normal. Pierre se mordía los puñitos y daba patadas al
aire, ajeno a lo que el destino le deparaba.
-
Diana, — la interpeló Marie
acercándose rápidamente — lo he visto. Sé lo que tienes que hacer para romper
el maleficio. Sólo tú puedes ponerle fin o no habrá paz para ninguna mujer
venidera de tu estirpe.
-
¡Dímelo! ¿Qué he de hacer? Haré cualquier cosa, lo que sea para
salvar a mi niño.
-
Para
Pierre no hay salvación. La tempestad durante su nacimiento es una señal
inequívoca, pero puede ayudar a Belle, puedes hacer que ella no tenga vivir con
el miedo y la pena.
Diana se angustió. Su pequeño Pierre... nada
había que pudiera salvarlo. Su destino estaba sellado. Pero si podía liberar a
Belle y quizás a ella misma… Podría darle el heredero ansiado a su marido y
ella deseaba fervientemente tener más hijos.
-
Haré
lo que sea — dijo decidida.
-
Tendremos
que ir a Nueva Orleans —indicó Marie — yo sólo soy una curandera a la que los
espíritus revelan cosas menores. La reina del Vudú de allí nos dirá qué hacer.
Diana pretextó ante André que se hallaba totalmente repuesta y que ahora que todo había pasado, veía lo
tonta que había sido por creer en supercherías. Quería comprar una cuna digna
del heredero de Le Royal, la plantación, y hacer compras para el niño y ella
misma. André entusiasmado por el hecho de que su mujer entrase por fin en razón
y comenzará a actuar de acuerdo a su posición, no le puso ningún reparo.
Cuando llegaron
a Nueva Orleans, Diana no se sentía con ánimos de comprar nada. Quería acabar
con aquello cuanto antes y volver al lado de Pierre a disfrutarlo todo el
tiempo que aún lo pudiera tener. Metió prisa a Marie y fueron directamente a
casa de Mama Madou, la reina del vudú.
Les hicieron
esperar en una sala pequeña y oscura. Una cortina de tiras hecha de lo que
parecían ser huesecillos, separaba aquella sala de donde las recibiría Mamá
Madou. En el aire flotaba un olor extraño que las sumía en un estado de
somnolencia. Finalmente, tras un buen rato de espera, apareció la misma
muchacha mulata que las había recibido y anunció que Mamá Madou estaba lista
para atenderlas. En cuanto Diana traspasó la cortinilla la voz de la
sacerdotisa tronó en la estancia.
-
¡La maldición de las amazonas
te persigue!
Diana se quedó sin
palabras; quieta en el sitio. No sabía qué decir, no sabía qué hacer.
-
Ven, hija, deja que los
espíritus y yo te veamos bien. — dijo Mamá Madou a la vez que las invitaba con
un gesto de su mano a tomar asiento frente a ella.
Diana
estaba temblorosa pero sabía que por fin le darían las respuestas a sus
preguntas y aunque quería realizarlas todas cuanto antes, permaneció sentada
callada a la espera de que Mamá Madou dijera algo más, pero ésta se limitaba a
observarla fijamente, traspasándola con una mirada que la ponía más nerviosa.
Finalmente cerró los ojos y agachó la cabeza. Permaneció así un tiempo más y
por fin levantó la mirada de nuevo a Diana.
-
Los espíritus están furiosos.
Dicen que una antepasada tuya rompió el pacto y quieren que se cumpla con él.
-
Yo… yo haré lo que sea
necesario. No tengo ni idea de qué hizo alguna de mis antepasadas, pero creo
que ya hemos pagado con creces lo que ella cometiera. ¡Yo no tengo la culpa!
Sólo quiero que mi hijo crezca y sea feliz.
-
Sólo la sangre podrá redimir
la afrenta que en su día se le hizo al espíritu que protegía a las amazonas.
-
Pero, ¿qué afrenta tan
terrible fue esa que nos persigue a las mujeres de la familia tantos siglos
después?
-
Sabrás
— comenzó Mamá Modou —, que las amazonas eran una tribu de guerreras, que tan
sólo consentían el contacto necesario para reproducirse y tener descendencia a la que entrenaban desde pequeñas para que
sucedieran a sus madres en la batalla. Cuando por desventura nacía un niño,
este era sacrificado inmediatamente. De esta forma, las amazonas mantenían su
unidad femenina y lo entregaban al espíritu o a la diosa Artemisa, a la que veneraban, y ésta las protegía a cambio. Pero una mujer,
antepasada tuya, tuvo la osadía de romper ese pacto. La reina de la tribu temió
atraer las iras de la diosa sobre el poblado y maldijo a tu antepasada y a toda
su descendencia a que todos los varones que nacieran muriesen antes del año. Para romper la maldición, aquella
sangre que no se ofreció en sacrificio debe ser restituida. No hay otra manera.
Estas palabras se clavaron como un puñal
en el corazón de Diana, que aún albergaba la esperanza de poder salvar a su
pequeño. Todo en ella se revelaba contra aquella sentencia que era inadmisible
para cualquier madre. Con los ojos llenos de lágrimas y una voz desgarrada de
dolor, Diana realizó la espantosa pregunta:
-
¿Cómo y cuándo debe
realizarse el sacrificio?
-
Lo
antes posible — respondió Mamá Madou — tu hijo puede ser alcanzado por la ira
del espíritu en cualquier momento y para ti será más terrible cuanto más tiempo
pases junto a él. Marie, ha sido tu protectora, como cada una de tus
antepasadas tuvo a una hechicera que la protegiera y guiara en la
restitución del sacrificio. Sólo tú has tenido la fuerza necesaria para romper
la cadena de horror y muerte, y Marie te ha guiado hasta aquí. También ella sabe
qué hacer a partir de ahora.
El abatimiento
predominó en el cabriolé de vuelta a casa. Diana y Marie apenas cruzaron
palabra. Lagrimas silenciosas resbalaban por las mejillas de Diana, que se
aferraba a su pañuelo como si así pudiera mantener a su hijo con vida. Marie no
se atrevía a confesar que desde que pronosticó el último embarazo de Diana, sueños
y presentimientos la habían acosado, haciéndole saber que ese momento llegaría.
Cuando se
acercaban a la plantación, Marie decidió romper el silencio con todo el dolor
de su corazón.
-
Tendríamos que hacerlo esta
noche, pequeña. Tu marido no entenderá que vuelvas de Nueva Orleans sin nada
comprado y con más tristeza de la que llevabas cuando te fuiste. Serían
precisas muchas explicaciones que estoy segura que no tendrás cuerpo de dar.
-
Tienes razón, Marie —
contestó Diana clavando su mirada suplicante en la anciana — pero yo no puedo…
-
Debes hacerlo tú, Diana. Yo
lo haría por ti, pero eso no serviría de nada. Esta noche, nos adentraremos en
el pantano, rogaras al espíritu que te perdone y le ofrecerás la sangre de tu
estirpe para que se limpie la afrenta. Así es cómo se debe hacer.
Diana entró en la casa y
se dirigió directamente a la habitación de juegos de Pierre. Lo observó
mientras agitaba su sonajero y comenzaba a lanzar intentos de carcajadas. La
cuidadora le informó de que era la hora de la siesta.
-
Yo me ocupo — le informó
Diana.
Lo acunó contra
su pecho y mientras le cantaba una canción de cuna, sentía que crecía dentro de
ella la certeza de que su deber era proteger a bebé al que había dado vida, no
arrebatársela. Si pudiera ser su sangre la que limpiase la afrenta, gustosa se
sacrificaría ella en lugar de su niño. De repente se le iluminó la cara. Dejó a
Pierre en su cuna y fue a ver a Belle. Pasó la tarde con su hija y después de
cenar, cuando la metió en la cama, la arropó bien y le dio un beso en la
frente.
-
Pase lo que pase, cariño, no
olvides que lo hago todo por ti. Quiero que seas feliz toda tu vida y que
tengas muchos hijos a los que les hablarás de mí. Sé que aún eres muy pequeña y
que no me recordarás cuando crezcas pero Marie te hablará de mí y te cuidará si
yo no estoy.
A André le dijo que salía a dar un paseo
por el pantano. Era una noche calurosa y no podría conciliar el sueño. A su
marido no le extrañó esa petición. Su mujer se había criado entre caimanes y
pantanos. Sabía que a veces le gustaba pasear por la noche, especialmente
cuando estaba nerviosa por algo.
Diana cogió a Pierre, lo metió, dormido
aún, en su cochecito y se encaminó al pantano donde se había citado con Marie.
Al llegar, la anciana la estaba esperando. Parecía tan triste como si fuera su
propio hijo el que estuviera a punto de ser sacrificado.
-
Diana, ya sabes lo que tienes
que hacer. Ruega y adéntrate en el pantano con el niño. Reza y el espíritu
acudirá.
Diana se adentró en el pantano con Pierre
en brazos. Rogó al espíritu su perdón y ofreció su sacrificio. Cuando acabó su
plegaría, todo quedó en silencio por un momento. Todo el pantano parecía
contener la respiración. Diana sólo podía oír el latido de su corazón que iba
cada vez más rápido, y esperaba que sus ruegos fueran oídos.
Un caimán apareció entre las aguas
oscuras. Sólo el brillo de su iris amarillo, atravesado por la pupila vertical,
dio muestras de su presencia. Nadó hasta donde estaba Diana con Pierre y cuando
llegó ante ellos se detuvo. Sus ojos iban del niño a la madre y de la madre al
niño, pero no realizó ningún movimiento. Diana se acercó a la orilla lo más
deprisa que pudo y dejo a Pierre en tierra. Tan pronto como el niño estuvo a
salvo, el caimán se lanzó contra Diana, tiñendo las negras aguas con la sangre
de Diana.
Marie observaba aterrorizada. El caimán
desapareció tal como había llegado: de repente. Parecía que todo hubiese sido
una pesadilla. Marie se agachó para coger a Pierre. El niño vomitó. Fue un
vómito negro y viscoso. La maldición había sido expulsada de su cuerpo. El
espíritu había aceptado el sacrificio de su madre, la sangre de la estirpe, al
fin y al cabo. A ella sólo le restaba ver crecer a los hijos de Diana y amarlos
como lo hubiera hecho su madre.
La casa en el lago
Penélope estaba enferma. El doctor
Grey, de Oxford Street, una eminencia en enfermedades mentales femeninas, le había
diagnosticado “crisis nerviosas con episodios de alucinaciones”. Aconsejó su
ingreso en un sanatorio mental lo antes posible, algo a lo que Homer, su marido,
se opuso y sugirió como alternativa pasar un tiempo en un lugar más tranquilo
que Londres. Quizás la paz del campo contribuiría a calmar los nervios de su
esposa.
Las herramientas de la sabiduría
I
Quizás si nunca hubiera abierto aquél
libro mi vida hubiera seguido su monótono e insustancial curso. No sabía lo que
me esperaba entre aquellas páginas y mucho menos lo que iba a desencadenar
aquella novela. Ahora, echo la vista atrás al momento en que me sumergí en
aquella lectura, y sé que aunque dar marcha atrás, volvería a repetirlo todo,
punto por punto pese a lo que aconteció.
Mi destino me encontró aquella tarde en
la que, con unas largas vacaciones por delante, decidí matar el tiempo paseando
por mi adorado Barrio Gótico, en Barcelona. Planeaba perderme entre sus
callejuelas, en el laberinto de la antigua judería tras la Catedral y ver los
palacetes de la calle Montcada. Sin embargo, al bajar por Portal del Ángel y
girar en la calle Canuda, me sedujo el aspecto de uno de los escaparates de los
muchos que allí se veían. Era como mirar a través de una ventana hacia el
pasado: era una librería de viejo.
Entré y me asaltó el maravilloso olor de
los libros con muchos años y muchos dedos encima. Paseé la mirada por los
montones de libros apilados hasta que me topé con un tomo de grandes letras que
otrora debieron ser doradas, pero que ahora se veían de un color oro viejo.
Argentina y sus grandezas de Vicente Blasco Ibáñez. Me acordé de mi querido
abuelo, que siempre andaba con algún libro de ese autor en las manos y decidí
comprarlo.
Lo devoré en dos tardes. Me vi
deambulando por las calles porteñas y casi podía oír un nostálgico tango de
fondo. Al acabarlo sentí como si hubiera despertado de un profundo y hermoso
sueño y me golpeara la realidad. Quería volver a mi sueño. Quería volver a
Argentina. A partir de ese momento, empecé a buscar libros que volvieran a
llevarme por esa ciudad de calles empedradas, de cafés con sabor a antiguo y de
farolas de luz amarillenta. Tanto llegué a leer sobre la fascinante Argentina
que estaba convencida de poder moverme por Buenos Aires con la destreza de
cualquier lugareño.
Pocos meses más tarde tuve la oportunidad
de poner a prueba esa certeza. Con la llegada de la crisis, el sector en el que
trabajaba — el turístico — fue de los primeros en acusarla Tras ocho años de dedicación a la empresa, el
finiquito ascendía lo suficiente como para permitirme cumplir un sueño. Era
ahora o nunca, así que pasé por alto lo que me dictaba la razón y por primera
vez en mi vida seguí un impulso sin pensar en las consecuencias. Compré un
billete de ida a Buenos Aires sin contemplar la fecha de mi regreso.
Preparé el viaje con una mezcla de
emoción y pena; me sentía triste por dejar a mi familia que, acongojada, me
aconsejaba prudencia. Administrarme el buen peculio y estirarlo lo máximo
posible mientras encontraba otro trabajo. Pero a pesar de saber que sus
consejos eran lo más sensato, nada hubiera podido retenerme.
El 8 de enero estaba en el vestíbulo del
aeropuerto, cargada con la maleta más grande que tenía y mirando descorazonada
el tablón de información de vuelos que indicaba que, debido al mal tiempo, mi
avión no despegaría hasta el día siguiente, como pronto. Los pasajeros
tendríamos que pasar la noche en tierra. Poco a poco, la terminal fue quedando
vacía a medida que se adentraba la noche y las familias con niños, y mayores
posibles económicos, buscaban un hotel donde dormir cómodamente. Yo me instalé
lo mejor que pude en una sala cercana a la cafetería y saqué del bolso mi
sempiterna novela.
II
Contaba que muchos años antes de que los
españoles pisaran tierras americanas, las tribus guaranís, que hasta ese
momento habían guerreado ferozmente entre sí, habían establecido un precario
pacto de paz y unión, dando forma a algo similar a un país. Los soldados se
retiraron y surgió a un grupo de sabios que fueron llamados karaí, que en su lengua de origen,
designaba a quienes poseían poderes mágicos. Los karaí eran respetados por las tribus pues muchos eran clarividentes.
De entre todos ellos el más notorio era
Avati, Los señores de los poblados lo admiraban y, secretamente, lo envidiaban.
Querían tener su infinita sabiduría y cuando el anciano los visitaba, tras escuchar sus consejos y profecías, siempre le
hacían la misma pregunta:
- Avati, ¿de dónde proviene tu gran inteligencia?
- La sabiduría está al alcance de cualquiera persona, se rica o
pobre. Débil o sano. Poderoso o sirviente. — respondía Avati —. Sólo precisa de
las herramientas adecuadas para ser tan sabio como yo. Aunque no cualquiera es
merecedor de hallarlas, y desde luego, no todos saben hacer uso de ellas.
- ¿Qué herramientas son esas? — inquirían.
- El qué carece de importancia. Es el cómo lo importante, por eso se
encuentran bien custodiadas en un lugar de difícil acceso, aunque no imposible,
para aquel que sea realmente merecedor de tal tesoro.
- ¡Dinos donde se encuentran, anciano! No queremos estar llenos de
dudas y necesitamos la sabiduría completa para guiar a aquellos que dependen de
nosotros.
- Sólo puedo decir que “en
medio de un océano de hielo, donde el frío quema, se esconde la mayor arma que
el ser humano puede esgrimir”. El acceso es difícil y únicamente quien
realmente lo merezca, lo alcanzará.
Y tras estas enigmáticas palabras Avati
proseguía su camino.
Jetý era el avaro jefe de una de las
tribus. Un día al escuchar a Avati, pensó de esta manera:
- Si me hiciera con esas herramientas, sin duda mi inteligencia no
tendría límites. Podría gobernar incluso sobre los otros poblados sometiendo a
sus jefes y sería venerado y temido por todos. Manejaría a mi antojo a los
habitantes de todos los pueblos guaranís y así, obtendría lo mejor de cada uno.
Con este plan en mente, Jetý reunió a un
grupo de hombres para iniciar una expedición en busca de las Herramientas.
Escogió a cuatro de sus esclavos más fuertes y se aprovisionó de cantidades
ingentes de comida.
A oídos de Andaí, señor del poblado
vecino y eterno rival de Jetý, llegó el rumor de la expedición. Se espantó al
pensar en el poder que adquiriría su enemigo y, viendo peligrar su posición,
decidió que a toda costa debía impedir a Jetý apoderarse de las Herramientas.
Planeó matarlo pero luego se dio cuenta de que a cualquier otro jefe se le
podía ocurrir la misma idea que a Jetý y poner en igual riesgo su mandato. A
menos que fuera él el en dar con ellas y las destruyera…
Pensando así, se puso en camino antes que
su vecino. Partió sin compañía ese mismo amanecer con unas pocas viandas, para
aligerar la carga. Viajando solo y ligero adelantaría más. Cazaría cuando fuera
menester y los bosques y ríos le proveerían de lo necesario. Lo que ignoraba Andaí
es que Jetý había ordenado botar un barco, pequeño pero muy veloz, y así,
aunque partió días más tarde, en pocas jornadas dio alcance y dejo atrás a su
rival.
Uno a pie y el otro por mar, ambos se
dirigieron al sur. Algunos viajeros se habían aventurado a tierras lejanas y
volvían contando historias de un lugar por allá abajo, donde todo era blanco y
frío. Decían que del mar surgían enormes montañas heladas que al tocarlas
parecían de fuego.
A esta tierra inhóspita llegó Jetý y
mandó a dos de sus esclavos en busca de las Herramientas. Los desdichados eran
maltratados y apenas se les alimentaba, temían al orondo y tirano amo y no se
atrevieron a contradecir la orden. Entre quejas y lamentos se fueron a cumplir
la tarea encomendada, muertos de hambre, miedo y frío. Volvieron al cabo de
quince días. Habían dado con la cueva donde se hallaba el codiciado tesoro pero
estaban más famélicos que cuando se fueron.
- Denos más comida, jefe. Hemos cumplido su encargo al que nos mandó
sin abrigo y sin comida. Pudimos pescar algo pero ese frío horrible nos ha
dejado muy debilitados.
- No tendréis recompensa por cumplir vuestra labor. Comed la ración
que os corresponde y no quiero oír más lamentos. ¡Vagos!
Los esclavos observaron que el jefe, bien
aprovisionado de deliciosos alimentos, lejos de estar demacrado, lucía más
lustroso aún a causa de pasar el día tumbado degustando unos y otros manjares.
Jetý, acompañado de los esclavos
restantes, siguió las indicaciones que le dieron los otros dos desventurados y
pronto llegó a la base del escarpado glaciar por el que tendría que escalar
hasta alcanzar la cúspide. Allí estaba la gruta que albergaba las Herramientas.
Jetý comprendió entonces las palabras de Avati en lo que se refería al difícil
acceso, aunque, se recordó, no imposible para quien las mereciera.
Ordenó hacer picos afilados con los
huesos de los animales que había devorado previamente, luego ató el extremo de
unas pieles a la cintura de un esclavo, y el otro extremo en la del otro. Quedó
una suerte de hamaca en la que se instaló él, junto con algunas delicias que
cogió para el camino, y dio orden de iniciar el ascenso.
- Pero amo, estamos muy débiles — protestaron los cautivos—. No
podemos ascender cargando con nuestro peso y el vuestro. Si no hubierais
alimentado mejor…
- ¡Ya podes subir u os dejo sin comer un mes!
Atemorizados, los esclavos comenzaron el
penoso ascenso. Al cabo de tres horas, les flaqueaban los brazos y a punto
estuvieron de despeñarse.
- ¡Qué hacéis, idiotas! — les increpó Jetý— ¿Queréis matarme para quedaros
con mi comida?
Estas palabras dieron luz a una idea en
la mente de los esclavos. Empezaron a dejarse caer suavemente desoyendo las
maldiciones de Jetý. Cuando llegaron a tierra firme, con los mismos picos que
ascendieron, cayeron sobre el avaricioso
jefe y le dieron muerte. Luego volvieron al barco y se dieron un gran festín
mientras la sangre de Jetý corría como un río rojo sobre el desierto blanco.
Andaí, por su parte, recorrió un largo
camino. A veces cazaba, aunque la mayor parte del tiempo más bien se dedicaba a
robar lo que necesitaba. Cuando llegó a la tierra blanca, siguió el rastro de
sangre que Jetý había dejado, llegando así al pie del glaciar. Se fijó en las
marcas que dejaron los esclavos en el hielo al ascender y buscó en derredor los
útiles que habían herido a la montaña de hielo. Tras muchos esfuerzos alcanzó la
gruta. Cuando su mirada se posó sobre las Herramientas lo que vio lo cegó.
Literalmente. Las Herramientas estaban protegidas con una magia por la cual
sólo alguien que quisiera poseerla por motivos desinteresados, podría
conseguirlas.
III
Cuando acabé de leer el libro era ya de
día. El tiempo había mejorado y el vuelo estaba listo para salir a media
mañana. En la cola para embarcar me asaltó una voz por detrás de mí.
- Que buen libro debías estar leyendo que te ha tenido despierta
toda la noche.
Me giré para ver de quién procedía
aquella voz profunda y me encontré con un hombre de unos cuarenta años. Llevaba
el pelo recogido en una cola y tenía un brillo simpático en los ojos. Hablaba
con acento argentino.
- ¿Me estabas espiando? —le pregunté.
- Un poco, linda. Me llamó la atención lo que leías. ¿Cómo llegó a
tus manos esa leyenda? No es muy conocida allá, en Argentina, y menos para los
europeos.
- Me confieso una enamorada de tu país. Busco y leo todo lo que
puedo de tu tierra.
- ¿Vas a Argentina de vacaciones o buscás chamba?
- Voy a la aventura. No sé qué derroteros seguiré cuando llegue,
sólo sé que de momento tengo reserva en un hostal de la Plaza de Mayo ¿Qué hay
de ti?
- Pues yo, viendo que acá ya no puedo laburar, vuelvo a casa a
probar suerte allá.
Se me ocurrió que necesitaría un guía y
le ofrecí trabajar para mí.
- ¡Encantado! Además, conmigo no te vas a estufar[1],
te lo aseguro.
- ¿Estufar? —pregunté confundida.
Él rió y me dijo:
- Vamos linda, es nuestro turno. Te pondré al día durante el viaje.
Tenemos dieciséis horas por delante para de hacer de ti una autentica porteña.
Por cierto, me llamo Mario.
- Yo Adriana.
- Encantado de conocerte, Adriana.
Cuando nos instalamos en el avión, volví
a preguntarle qué significaba estufar.
- Seguramente habrás oído hablar del “lunfardo”. Es una jerga que se
originó a finales del siglo XIX, entre los lunfardos —o ladrones—. Lo usaba la
gente de baja ralea como código para pichulear;
trapichear, como dicen ustedes. Poco a poco se amplió con el grupo de mafiosos
que lideró Ágata Galiffi. Esta mujer, heredó “el cargo” de su padre, pero se
hizo legendaria por su inteligencia y belleza. Se la conoce en Buenos Aires como
“la flor de la mafia”. De ahí en adelante el lunfardo se convirtió en el idioma
de los tangos. Si te fijas, verás que Gardel usa muchas palabras en sus
canciones que seguro no entiendes. Ya ves, me vas a tener que pagar doble, pues
seré tu guía e intérprete de lunfardo-castellano.
Mario se interesó de nuevo por el libro
que terminé la noche anterior y me preguntó si me iba a lanzar a la búsqueda de
las Herramientas.
- Es una leyenda preciosa — respondí— pero creo que si esas
Herramientas existieran, habrían miles de personas buscándolas, o alguien las
tendría ya en su poder…
- No cualquiera es merecedor de ellas. Además, no están dónde dice
la leyenda. Nadie conoce su paradero, pero yo podría ayudarte.
- ¿En serio crees que existen?
- ¡Claro! Es más, yo sé dónde están.
- ¿Y por qué no las has cogido tú mismo?
- ¿Quién dice que no lo he hecho? Mira, me caes bien Adriana. Creo
que tú serías una buena custodia. Te voy a colaborar.
- No puedo creer que hables en serio— le dije empezando a pensar que
había trabado amistad con un loco.
- Te lo demostraré cuando
lleguemos a ellas. No tenés nada que
perder. ¡Así harás un poco de turismo por el camino!
Cuando llegamos a Argentina eran las ocho
de la mañana. Calculé que en España sería la una de la tarde. Sabía que dejaba
el invierno en España y que en Buenos Aires encontraría un tiempo cálido, pues
allí era verano, pero no dejaba de sorprenderme haber salido de casa dos días
atrás, en medio de un clima tan frío como el húmedo invierno barcelonés, y
encontrarme de repente bajo un sol radiante y una temperatura tibia ya a esa
hora de la mañana.
- Bienvenida a Buenos Aires, linda. — dijo Mario con una gran
sonrisa. Se notaba que echaba de menos estar en casa.
Tras el largo viaje, nos separamos para
ir a descansar un poco. Él iba a alojarse en casa de un amigo pero me acompañó
hasta mi hostal por si me perdía. Cuando me vi en la Plaza de Mayo, situada en
el barrio de Montserrat, sentí que mi sueño se estaba haciendo realidad. Había
visto fotos, por supuesto, pero ni las imágenes me habían preparado para lo que
sentí al ver el majestuoso palacio de mármol rosa que era la Casa Rosada. Ver
las importantes calles que confluían en la plaza e imaginar cómo fue la marcha
de las madres de los desaparecidos durante la dictadura de Videla. Casi costaba
trabajo creer que en medio de aquella soleada y alegre plaza, hubiese habido
tanto desgarro y dolor.
Me instalé en el hostal y di una pequeña
cabezada, luego me arreglé y me encaminé al legendario Barrio de Bocca, con sus
viejos fondeaderos dónde destacan las viejas embarcaciones que han ido a morir
en sus sucias aguas, como dice la canción “niebla del riachuelo”. Un barrio hoy
lleno de color y alegría que parece hecho para distraer la atención del turista
mientras un “lunfardo” te vacía los bolsillos. Una pareja bailaba un tango en
una esquina. Parecía que todo Buenos Aires era tango.
Había quedado con Mario en el Barrio del
Abasto, así que tomé un trolebús que me dejó en la zona donde se concentra la
vida comercial de la ciudad. Aunque ahora rebosaba color y movimiento, antaño
fue un lugar de emigrantes y conventillos.
Entré en el café convenido y mientras
esperaba a Mario, escuchaba las conversaciones de la gente a mí alrededor.
Palabras cogidas aquí y allá que ni en el contexto de la conversación era capaz
de entender. Llegué a pensar en apuntarlas y luego preguntarle a mi traductor
por su significado.
Este apareció a la hora señalada, fresco
y hecho un brazo de mar. Nos fuimos a comer. Allí se comía a la misma hora que
en España. Siguiendo los consejos de Mario, pude degustar un delicioso
choripán, una especie de empanada de chorizo y alfajores de dulce de leche para
el postre. Cuando acabamos de comer Mario anunció:
- Bien linda, te voy a enseñar algo que te va a encantar. Luego
rentaremos un auto, y comenzará nuestra aventura.
- ¿A dónde vamos? —pregunté intrigada.
- Al Cementerio de la Chacarita —anunció con grandilocuencia.
Era el lugar donde estaban enterradas las
grandes personalidades que formaron Argentina. El Panteón de la entrada era
impresionante; con semejante monumento podía hacerse uno a la idea de los
ilustres que eran “sus moradores”. Escritores y poetas de la talla de Elias
Castelnuovo o Evaristo Carriego, junto a figuras del tango como Francisco de
Caro, entre otros muchos, descansaban eternamente unos junto a otros.
- ¿Qué te pareció, linda?
- Apabullante —atiné a contestar.
- Pues vamos a por el carro, que no sabés el quilombo en el que te metes.
Después de un rato en la cola de la
agencia de alquiler de coches, nos pusimos en camino. El paisaje, al salir de
Buenos Aires, cambió poco a poco hasta que tan sólo nos rodearon los prados
enormes y verdes de La Pampa. Cuando empezó a anochecer, Mario anunció que tras
varios días sin apenas descanso, debíamos parar a dormir como Dios manda y que
lo haríamos en el siguiente pueblo, Trelew.
- ¿Vamos Ushuaia? —le pregunté.
- ¿Por qué pensás que las
Herramientas están en Ushuaia?
- La leyenda habla de una tierra blanca donde el frío quema.
- Claro, Tierra de Fuego. Pero las Herramientas ya no se encuentran
allá.
Llegamos a Trelew y Mario fue
directamente a un hotel precioso y con pinta de ser muy exclusivo.
- Este viaje me va a salir un poco más caro de lo que pensaba. —
dije.
- No, aquí me conoces y tengo tarifa VIP.
Cuando nos acercamos a la recepción, el
empleado reconoció de inmediato a Mario.
- ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Querés
la habitación de siempre?
- ¡Jesús! Buenas noches. Sí, te agradecería la de siempre, si es que
está vacante.
- Ya sabe, Mario que el hotel la tiene siempre a su disposición y no
la renta a nadie más.
¿Quién era este hombre, que era tratado
con tanta deferencia en un lugar tan lujoso, y sin embargo vestía como un hippie? ¿Y por qué le trataban de usted,
a la vez que lo llamaban por su nombre de pila? Tenía que admitir que mi
acompañante me suscitaba una gran intriga. A mí se me asignó una habitación
cercana a la de Mario, y cuando al fin pude introducirme en la mullida cama, de
suaves sábanas, caí casi fulminada.
Cuando me desperté ya había pasado la
hora del desayuno, así que llamé a recepción para pedir algo de comida.
- Sí, señorita Adriana. Mario ya dejó encargado subirle el almuerzo
cuando despertara. En seguida se lo llega un camarero.
El desayuno fue pantagruélico pero yo
estaba famélica y no dejé ni una miga. Cuando estaba dando el último sorbo al
café, Mario llamó a la puerta.
- Vamos, linda. Tenés una
dura tarea pendiente. ¡Vístete!
Me apresuré a arreglarme y fui a su
encuentro en el vestíbulo. Le reproché que me hubiera dejado dormir hasta tan
tarde.
- Ya estamos cerca de nuestro destino —dijo—, y necesitarás fuerzas
para la prueba que te espera.
Nos metimos en el coche y al rato llegamos
a un bello paraje. La Isla de los Pájaros. Me llevó hasta el borde de un
acantilado y, sin previo aviso, me empujó al mar.
- ¡Vamos linda, a nadar!
Pensé que me mataba, pero no había mucha
altura y ninguna roca se interpuso en la trayectoria de la caída. Ni siquiera
el impacto contra el agua fue demasiado fuerte. Mario saltó detrás de mí y
cuando ambos salimos a la superficie me indicó que debíamos nadar hasta la
isla.
- Seguro que hay algún barquito para turistas, que nos habría dejado
en el mismo sitio mucho más secos —comenté con sarcasmo.
- No, en el lugar al que nos dirigimos no puede fondear ningún
barco. Ahora, ¡a nadar!
Tardamos una hora en alcanzar tierra.
Estaba completamente extenuada. Apenas sentía los brazos. Mario, por el
contrario, parecía salir de hacer unos largos en la piscina.
- ¿Ves aquella gruta que se atisba en medio del peñasco? — me
preguntó señalando una hendidura en la roca unos veinte metros por encima de
nosotros — Vos tenés que llegar allá
y debés ir sola. ¡Andáte!
Aquel hombre estaba loco. No podía
moverme después de una hora de nado, ¡y ahora quería que me pusiera a escalar!
En mi vida había trepado ni a un árbol siquiera, no podría escalar aquello tan
escarpado y menos sin una triste cuerda de seguridad. Estaba segura de que Mario,
por algún motivo desconocido, quería matarme.
- No seas miedosa. Yo sé que podés
lograrlo.
No sé qué me impulsó a comenzar el
ascenso, ni de dónde saqué las fuerzas, pero de repente me sentía segura y en
cuestión de dos horas alcancé la gruta. Al entrar, vi que Mario me espera ya
dentro. Pensé que el muy canalla debía haber subido por alguna escalera
excavada en el interior de la isla y me había hecho la jugada de hacerme
ascender con penas y agonías.
- Entrá por ese pasillo y encontrarás las Herramientas.
Seguí el pasillo. De repente este se
bifurcó. Mario no me había dicho por dónde debía seguir. Tomé el camino de la
derecha y llegué a un muro. No había salida y tuve que retroceder, hasta volver
a la bifurcación. Seguí por la izquierda. Al cabo de un rato, me encontré ante
tres caminos. Pensé seguir recto, pues parecía el camino lógico, pero volví a
un punto muerto. De nuevo deshice mis pasos y volví a intentarlo por el camino
de la izquierda.
Así anduve durante horas, hasta que por
fin llegué a una sala. Sobre el dintel de la entrada se leía: “Las Herramientas
de la Sabiduría”. Entré y vi que en pleno centro de la estancia se elevaba un
atril de cristal y oro. Me acerque y observé que encima del atril había una
hoja en blanco y una pluma, blanca como la nieve. Al pie un grabado rezaba:
“Las verdaderas herramientas del saber, se consiguen en el camino hasta aquí”.
Cogí la pluma y el papel y Mario entró en la estancia.
- Ahora tenés las
Herramientas de la Sabiduría. — me dijo— Tomaste muchas veces el camino equivocado,
retrocediste y buscaste el buen camino. Igual que en la vida, tenés que equivocarte para aprender.
Llegar al conocimiento cuesta tanto como cruzar a nado durante una hora o
escalar sin ayuda una montaña, pero yo sabía que tú podías hacerlo. Ahora, debés custodiar las Herramientas hasta
que encuentres a otro digno de cargar con esa responsabilidad. Aquí nos
despedimos. Fue un placer hacer el viaje contigo. Cuídate mucho, linda. Adiós.
Dio media vuelta y se dispuso a marchar.
- ¡Espera! — grité— ¿Volveré a verte? ¿Puedo escribirte? ¡Ni
siquiera sé tu nombre completo!
- Avati. Mario Avati.
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