El momento más
temido se acercaba. Diana notaba que las contracciones eran cada vez más
seguidas y dolorosas. “Que sea otra niña — rogaba en medio de los dolores— por
favor, Señor, no me mandes un varón”. Este ruego se había convertido en un
mantra desde que supo que estaba embarazada de nuevo.
En la primera
ocasión tuvo suerte; fue una niña sana y robusta. Era la alegría de su vida.
Había intentado por todos los medios no volver a tentar al destino quedándose
embarazada, pero su marido, André, quería aumentar la familia y sobre todo
quería un heredero. Diana había intentado explicarle a su esposo la maldición
que arrastraba su familia.
-
¡Eso son cuentos de viejas! —
respondía André dando un manotazo al aire, como si apartase un molesto mosquito.
Luego su semblante se tornaba severo y añadía:
-
Debemos tener muchos hijos,
como manda Dios: “creced y multiplicaros”. Y además, alguien tendrá que heredar
la plantación y las tierras. Aunque sean hectáreas infectas por los insectos
del bayou, nos dan buenos réditos.
Somos la aristocracia de Lafayette. ¿Qué pasará con nuestro patrimonio si no me
das un varón que lo pueda administrar y enriquecer más, si cabe? Te lo digo muy en serio, Diana, o te
dejas de esas tonterías de no querer tener más hijos o anulo el matrimonio.
Diana sabía que
su muy católico marido hablaba en serio. Para él había dos cosas sagradas, su
religión y su patrimonio. El criollo André, seguía respetando las tradiciones
de sus antepasados franceses y desechaba los ritos cajún como supercherías
paganas. Ella, cajún de pura cepa, confiaba más en la traiteur, que en cualquiera de esos médicos pertrechados de
aparatos extraños y medicamentos novedosos que curaban casi cualquier dolencia.
Si André supiera
que había estado tomando las hierbas que evitaban el embarazo, la habría
repudiado inmediatamente. Pero era cuidadosa y sabía que podía contar con la
discreción de la Marie, la traiteur.
Pero esta vez las hierbas no dieron resultado. De cualquier forma, allí estaban
Marie y ella, ambas rezando a todos los espíritus para que las ayudara a burlar
una vez más la maldición, mientras André esperaba ansioso por saber el sexo de
su nuevo vástago.
Diana, en medio
de la nube de dolor, observaba la mueca que ensombrecía el rostro de Marie.
Ambas sudaban a mares. En aquella amplia habitación, con los amplios ventanales
de doble hoja abiertos de par en par, no alcanzaba a correr una sola brizna de
la brisa de los pantanos. El día comenzó soleado pero fresco. A medida que iban
avanzando las horas, se nubló y el suave viento había parado. Hacía un bochorno
espeso que agobiaba a la parturienta más de lo que ya estaba. A lo lejos se
oían retumbar los truenos que anunciaban tormenta.
-
¿Qué pasa, Marie? — preguntó Diana cada vez más
angustiada por la preocupación pintada en el rostro de la curandera.
-
Algo
no va bien. Había sangre en las aguas del parto y se avecina una tormenta.
Esperemos que al menos rompa después de nacer el niño, sería lo menos malo.
El
parto duró un par de horas más. Justo en el momento en que el bebé coronaba, un
rayo rajó el cielo iluminando la habitación en sombras y el estruendo hizo
estremecer la palangana con el agua que refrescaba la frente de Diana. Comenzó
a caer una lluvia fina que se fue tornando en aguacero para cuando Marie sacó
al niño por completo.
-
Lo siento, Diana… es un niño…
un niño nacido con la llegada de la tempestad. Su destino está abocado a la
violencia. La maldición seguirá a este niño hasta la tumba.
Diana rompió a
llorar. Abrazaba al pequeño y sentía un dolor semejante al que sentiría si
hubiese nacido muerto. Y es que así era. Su pequeño estaba condenado a la
muerte antes de cumplir el año. La maldición que había perseguido desde tiempos
remotos a las mujeres de su familia no acabaría nunca. Ignoraba el origen pero
era innegable que todos los varones que parieron las antepasadas de Diana,
corrieron la misma suerte.
Entendía ahora
el sufrimiento y la amargura que habían marcado la personalidad de su madre y
su abuela pues habían visto cómo sus hijos, el fruto de sus entrañas, morían en
accidentes horribles. Ella misma fue testigo, junto a sus seis hermanas, de
cómo su hermanito de siete meses, que aprendía a gatear en ese entonces, era
decapitado en el jardín con el cristal de una de las ventanas de la casa que se
había roto inexplicablemente. Otro, se aventuró demasiado en dirección a la
escalinata que llevaba al jardín trasero y su cuerpo quedó retorcido en una
postura horrible.
Y ahora algo
espantoso le iba a ocurrir a su pequeño y ella no podría hacer nada para
evitarlo. Diana se desesperó. Sentía la pena y la impotencia que debieron
sentir su madre y su abuela antes que ella. Pero algo habría que se pudiera
hacer. Ella no podía resignarse a esperar que la cosita tierna que apretaba
contra su pecho tuviera un fin tan espantoso.
Marie, cogió al
niño para limpiarlo y anunciar al padre el nacimiento. André entró en el cuarto
exultante y se quedó asombrado al ver a su mujer llorar desconsolada.
-
¿Qué pasa, Diana? ¿Está bien el niño? Marie me ha dicho
que es un niño sano. ¿Dónde está? ¡Quiero ver a mi heredero!
Al
oír estas palabras, Diana lloró con más fuerza.
-
¡Ay, André! Nuestro hijo no
sobrevivirá para heredar nada. Está escrito que morirá antes de un año. ¡Por
eso no quería tener más hijos! No quería tener que pasar por este infierno…
-
¡Maldita sea! Estoy harto de
tus supersticiones blasfemas. Maldiciones… ¡Maldición la que me tocó a mí por
casarme con una cajún! Y ahora quiero ver a Pierre André.
Mientras André
contemplaba orgulloso a su progenie, Diana pensaba desconsolada en sus hijos.
Pierre no llegaría a la adolescencia y su hija… su hija cuando fuera madre tendría
que vivir con esa pesadilla toda la vida. No podría ser feliz disfrutando de la
ilusión de ser madre por temor a tener varones y, luego, cuando los tuviera,
sufriría como ella estaba sufriendo ahora. ¡Condenada maldición! Ella tendría
que pasar por ese suplicio pero no iba a permitir que Belle, su hija, tuviera
que pasarlo también. Haría lo que hiciese falta para acabar con todo aquello de
una vez por todas.
Diana paseaba
por la biblioteca. Aquel vasto imperio de estanterías que iban del suelo al
techo, lleno de libros de todos los tipos y épocas, no estaban dándole las
respuestas que buscaba. Poesía, ensayos, tratados científicos y la Biblia. Nada
de leyendas, ni orígenes de maldiciones. ¿Qué otra cosa podía esperar que
tuviera André? Pero
alguien debía saber; en algún sitio debían estar las respuestas.
Marie fue a visitarla para ver cómo estaban el niño y ella. Hacía un mes
que Pierre llegó al mundo pero la madre no estaba tan recuperada como cabía
esperar. Ella sentía que la recuperación de Diana se retrasaba por su estado de
angustia, y con eso poco podía ayudar. Pero aun así, se preocupaba por la
muchacha que había traído al mundo veinte años atrás. La madre de Diana y ella
fueron como hermanas hasta en la pobre mujer murió en el último parto cuando
alumbraba al séptimo varón, que tampoco sobrevivió. Desde entonces, Marie había
tomado bajo su protección a las hijas de su amiga, desde lejos, sin que se
dieran cuenta. Pero Diana era especial. Sentía en ella una fuerza que ninguna
de las otras mujeres de su familia tenían y la seguía muy de cerca.
Aquella tarde, cuando Marie entró en la sala de recibo de la plantación,
vio a Diana que ya la esperaba con un juego de té preparado sobre la mesa de
hierro forjado. Estaba sentada frente al balcón redondo y los rayos del sol que
atravesaban la cortina de seda roja, la bañaban en una luz rojiza. De su cuello
manaba sangre a borbotones salpicando las paredes. Pierre yacía muerto en su
regazo con la cabeza abierta por la mitad; la sangre de ambos se mezclaba y lo
inundaba todo. Diana la miró y sonrió:
-
Marie, querida, ¿qué haces
ahí plantada? ¿Necesitas
permiso para entrar?
Marie parpadeó y
vio que no había luz roja, ni sangre, ni nada anormal. La luz del sol entraba
por el visillo blanco de chifón y Diana, a parte de las ojeras intensas en sus
ojos, tenía un aspecto normal. Pierre se mordía los puñitos y daba patadas al
aire, ajeno a lo que el destino le deparaba.
-
Diana, — la interpeló Marie
acercándose rápidamente — lo he visto. Sé lo que tienes que hacer para romper
el maleficio. Sólo tú puedes ponerle fin o no habrá paz para ninguna mujer
venidera de tu estirpe.
-
¡Dímelo! ¿Qué he de hacer? Haré cualquier cosa, lo que sea para
salvar a mi niño.
-
Para
Pierre no hay salvación. La tempestad durante su nacimiento es una señal
inequívoca, pero puede ayudar a Belle, puedes hacer que ella no tenga vivir con
el miedo y la pena.
Diana se angustió. Su pequeño Pierre... nada
había que pudiera salvarlo. Su destino estaba sellado. Pero si podía liberar a
Belle y quizás a ella misma… Podría darle el heredero ansiado a su marido y
ella deseaba fervientemente tener más hijos.
-
Haré
lo que sea — dijo decidida.
-
Tendremos
que ir a Nueva Orleans —indicó Marie — yo sólo soy una curandera a la que los
espíritus revelan cosas menores. La reina del Vudú de allí nos dirá qué hacer.
Diana pretextó ante André que se hallaba totalmente repuesta y que ahora que todo había pasado, veía lo
tonta que había sido por creer en supercherías. Quería comprar una cuna digna
del heredero de Le Royal, la plantación, y hacer compras para el niño y ella
misma. André entusiasmado por el hecho de que su mujer entrase por fin en razón
y comenzará a actuar de acuerdo a su posición, no le puso ningún reparo.
Cuando llegaron
a Nueva Orleans, Diana no se sentía con ánimos de comprar nada. Quería acabar
con aquello cuanto antes y volver al lado de Pierre a disfrutarlo todo el
tiempo que aún lo pudiera tener. Metió prisa a Marie y fueron directamente a
casa de Mama Madou, la reina del vudú.
Les hicieron
esperar en una sala pequeña y oscura. Una cortina de tiras hecha de lo que
parecían ser huesecillos, separaba aquella sala de donde las recibiría Mamá
Madou. En el aire flotaba un olor extraño que las sumía en un estado de
somnolencia. Finalmente, tras un buen rato de espera, apareció la misma
muchacha mulata que las había recibido y anunció que Mamá Madou estaba lista
para atenderlas. En cuanto Diana traspasó la cortinilla la voz de la
sacerdotisa tronó en la estancia.
-
¡La maldición de las amazonas
te persigue!
Diana se quedó sin
palabras; quieta en el sitio. No sabía qué decir, no sabía qué hacer.
-
Ven, hija, deja que los
espíritus y yo te veamos bien. — dijo Mamá Madou a la vez que las invitaba con
un gesto de su mano a tomar asiento frente a ella.
Diana
estaba temblorosa pero sabía que por fin le darían las respuestas a sus
preguntas y aunque quería realizarlas todas cuanto antes, permaneció sentada
callada a la espera de que Mamá Madou dijera algo más, pero ésta se limitaba a
observarla fijamente, traspasándola con una mirada que la ponía más nerviosa.
Finalmente cerró los ojos y agachó la cabeza. Permaneció así un tiempo más y
por fin levantó la mirada de nuevo a Diana.
-
Los espíritus están furiosos.
Dicen que una antepasada tuya rompió el pacto y quieren que se cumpla con él.
-
Yo… yo haré lo que sea
necesario. No tengo ni idea de qué hizo alguna de mis antepasadas, pero creo
que ya hemos pagado con creces lo que ella cometiera. ¡Yo no tengo la culpa!
Sólo quiero que mi hijo crezca y sea feliz.
-
Sólo la sangre podrá redimir
la afrenta que en su día se le hizo al espíritu que protegía a las amazonas.
-
Pero, ¿qué afrenta tan
terrible fue esa que nos persigue a las mujeres de la familia tantos siglos
después?
-
Sabrás
— comenzó Mamá Modou —, que las amazonas eran una tribu de guerreras, que tan
sólo consentían el contacto necesario para reproducirse y tener descendencia a la que entrenaban desde pequeñas para que
sucedieran a sus madres en la batalla. Cuando por desventura nacía un niño,
este era sacrificado inmediatamente. De esta forma, las amazonas mantenían su
unidad femenina y lo entregaban al espíritu o a la diosa Artemisa, a la que veneraban, y ésta las protegía a cambio. Pero una mujer,
antepasada tuya, tuvo la osadía de romper ese pacto. La reina de la tribu temió
atraer las iras de la diosa sobre el poblado y maldijo a tu antepasada y a toda
su descendencia a que todos los varones que nacieran muriesen antes del año. Para romper la maldición, aquella
sangre que no se ofreció en sacrificio debe ser restituida. No hay otra manera.
Estas palabras se clavaron como un puñal
en el corazón de Diana, que aún albergaba la esperanza de poder salvar a su
pequeño. Todo en ella se revelaba contra aquella sentencia que era inadmisible
para cualquier madre. Con los ojos llenos de lágrimas y una voz desgarrada de
dolor, Diana realizó la espantosa pregunta:
-
¿Cómo y cuándo debe
realizarse el sacrificio?
-
Lo
antes posible — respondió Mamá Madou — tu hijo puede ser alcanzado por la ira
del espíritu en cualquier momento y para ti será más terrible cuanto más tiempo
pases junto a él. Marie, ha sido tu protectora, como cada una de tus
antepasadas tuvo a una hechicera que la protegiera y guiara en la
restitución del sacrificio. Sólo tú has tenido la fuerza necesaria para romper
la cadena de horror y muerte, y Marie te ha guiado hasta aquí. También ella sabe
qué hacer a partir de ahora.
El abatimiento
predominó en el cabriolé de vuelta a casa. Diana y Marie apenas cruzaron
palabra. Lagrimas silenciosas resbalaban por las mejillas de Diana, que se
aferraba a su pañuelo como si así pudiera mantener a su hijo con vida. Marie no
se atrevía a confesar que desde que pronosticó el último embarazo de Diana, sueños
y presentimientos la habían acosado, haciéndole saber que ese momento llegaría.
Cuando se
acercaban a la plantación, Marie decidió romper el silencio con todo el dolor
de su corazón.
-
Tendríamos que hacerlo esta
noche, pequeña. Tu marido no entenderá que vuelvas de Nueva Orleans sin nada
comprado y con más tristeza de la que llevabas cuando te fuiste. Serían
precisas muchas explicaciones que estoy segura que no tendrás cuerpo de dar.
-
Tienes razón, Marie —
contestó Diana clavando su mirada suplicante en la anciana — pero yo no puedo…
-
Debes hacerlo tú, Diana. Yo
lo haría por ti, pero eso no serviría de nada. Esta noche, nos adentraremos en
el pantano, rogaras al espíritu que te perdone y le ofrecerás la sangre de tu
estirpe para que se limpie la afrenta. Así es cómo se debe hacer.
Diana entró en la casa y
se dirigió directamente a la habitación de juegos de Pierre. Lo observó
mientras agitaba su sonajero y comenzaba a lanzar intentos de carcajadas. La
cuidadora le informó de que era la hora de la siesta.
-
Yo me ocupo — le informó
Diana.
Lo acunó contra
su pecho y mientras le cantaba una canción de cuna, sentía que crecía dentro de
ella la certeza de que su deber era proteger a bebé al que había dado vida, no
arrebatársela. Si pudiera ser su sangre la que limpiase la afrenta, gustosa se
sacrificaría ella en lugar de su niño. De repente se le iluminó la cara. Dejó a
Pierre en su cuna y fue a ver a Belle. Pasó la tarde con su hija y después de
cenar, cuando la metió en la cama, la arropó bien y le dio un beso en la
frente.
-
Pase lo que pase, cariño, no
olvides que lo hago todo por ti. Quiero que seas feliz toda tu vida y que
tengas muchos hijos a los que les hablarás de mí. Sé que aún eres muy pequeña y
que no me recordarás cuando crezcas pero Marie te hablará de mí y te cuidará si
yo no estoy.
A André le dijo que salía a dar un paseo
por el pantano. Era una noche calurosa y no podría conciliar el sueño. A su
marido no le extrañó esa petición. Su mujer se había criado entre caimanes y
pantanos. Sabía que a veces le gustaba pasear por la noche, especialmente
cuando estaba nerviosa por algo.
Diana cogió a Pierre, lo metió, dormido
aún, en su cochecito y se encaminó al pantano donde se había citado con Marie.
Al llegar, la anciana la estaba esperando. Parecía tan triste como si fuera su
propio hijo el que estuviera a punto de ser sacrificado.
-
Diana, ya sabes lo que tienes
que hacer. Ruega y adéntrate en el pantano con el niño. Reza y el espíritu
acudirá.
Diana se adentró en el pantano con Pierre
en brazos. Rogó al espíritu su perdón y ofreció su sacrificio. Cuando acabó su
plegaría, todo quedó en silencio por un momento. Todo el pantano parecía
contener la respiración. Diana sólo podía oír el latido de su corazón que iba
cada vez más rápido, y esperaba que sus ruegos fueran oídos.
Un caimán apareció entre las aguas
oscuras. Sólo el brillo de su iris amarillo, atravesado por la pupila vertical,
dio muestras de su presencia. Nadó hasta donde estaba Diana con Pierre y cuando
llegó ante ellos se detuvo. Sus ojos iban del niño a la madre y de la madre al
niño, pero no realizó ningún movimiento. Diana se acercó a la orilla lo más
deprisa que pudo y dejo a Pierre en tierra. Tan pronto como el niño estuvo a
salvo, el caimán se lanzó contra Diana, tiñendo las negras aguas con la sangre
de Diana.
Marie observaba aterrorizada. El caimán
desapareció tal como había llegado: de repente. Parecía que todo hubiese sido
una pesadilla. Marie se agachó para coger a Pierre. El niño vomitó. Fue un
vómito negro y viscoso. La maldición había sido expulsada de su cuerpo. El
espíritu había aceptado el sacrificio de su madre, la sangre de la estirpe, al
fin y al cabo. A ella sólo le restaba ver crecer a los hijos de Diana y amarlos
como lo hubiera hecho su madre.