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miércoles, 30 de julio de 2014

La maldición de las amazonas

El momento más temido se acercaba. Diana notaba que las contracciones eran cada vez más seguidas y dolorosas. “Que sea otra niña — rogaba en medio de los dolores— por favor, Señor, no me mandes un varón”. Este ruego se había convertido en un mantra desde que supo que estaba embarazada de nuevo.
En la primera ocasión tuvo suerte; fue una niña sana y robusta. Era la alegría de su vida. Había intentado por todos los medios no volver a tentar al destino quedándose embarazada, pero su marido, André, quería aumentar la familia y sobre todo quería un heredero. Diana había intentado explicarle a su esposo la maldición que arrastraba su familia.
-       ¡Eso son cuentos de viejas! — respondía André dando un manotazo al aire, como si apartase un molesto mosquito. Luego su semblante se tornaba severo y añadía:
-       Debemos tener muchos hijos, como manda Dios: “creced y multiplicaros”. Y además, alguien tendrá que heredar la plantación y las tierras. Aunque sean hectáreas infectas por los insectos del bayou, nos dan buenos réditos. Somos la aristocracia de Lafayette. ¿Qué pasará con nuestro patrimonio si no me das un varón que lo pueda administrar y enriquecer más, si cabe? Te lo digo muy en serio, Diana, o te dejas de esas tonterías de no querer tener más hijos o anulo el matrimonio.
Diana sabía que su muy católico marido hablaba en serio. Para él había dos cosas sagradas, su religión y su patrimonio. El criollo André, seguía respetando las tradiciones de sus antepasados franceses y desechaba los ritos cajún como supercherías paganas. Ella, cajún de pura cepa, confiaba más en la traiteur, que en cualquiera de esos médicos pertrechados de aparatos extraños y medicamentos novedosos que curaban casi cualquier dolencia.
Si André supiera que había estado tomando las hierbas que evitaban el embarazo, la habría repudiado inmediatamente. Pero era cuidadosa y sabía que podía contar con la discreción de la Marie, la traiteur. Pero esta vez las hierbas no dieron resultado. De cualquier forma, allí estaban Marie y ella, ambas rezando a todos los espíritus para que las ayudara a burlar una vez más la maldición, mientras André esperaba ansioso por saber el sexo de su nuevo vástago.
Diana, en medio de la nube de dolor, observaba la mueca que ensombrecía el rostro de Marie. Ambas sudaban a mares. En aquella amplia habitación, con los amplios ventanales de doble hoja abiertos de par en par, no alcanzaba a correr una sola brizna de la brisa de los pantanos. El día comenzó soleado pero fresco. A medida que iban avanzando las horas, se nubló y el suave viento había parado. Hacía un bochorno espeso que agobiaba a la parturienta más de lo que ya estaba. A lo lejos se oían retumbar los truenos que anunciaban tormenta.
-       ¿Qué pasa, Marie? — preguntó Diana cada vez más angustiada por la preocupación pintada en el rostro de la curandera.
-       Algo no va bien. Había sangre en las aguas del parto y se avecina una tormenta. Esperemos que al menos rompa después de nacer el niño, sería lo menos malo.
El parto duró un par de horas más. Justo en el momento en que el bebé coronaba, un rayo rajó el cielo iluminando la habitación en sombras y el estruendo hizo estremecer la palangana con el agua que refrescaba la frente de Diana. Comenzó a caer una lluvia fina que se fue tornando en aguacero para cuando Marie sacó al niño por completo.
-       Lo siento, Diana… es un niño… un niño nacido con la llegada de la tempestad. Su destino está abocado a la violencia. La maldición seguirá a este niño hasta la tumba.
Diana rompió a llorar. Abrazaba al pequeño y sentía un dolor semejante al que sentiría si hubiese nacido muerto. Y es que así era. Su pequeño estaba condenado a la muerte antes de cumplir el año. La maldición que había perseguido desde tiempos remotos a las mujeres de su familia no acabaría nunca. Ignoraba el origen pero era innegable que todos los varones que parieron las antepasadas de Diana, corrieron la misma suerte.
Entendía ahora el sufrimiento y la amargura que habían marcado la personalidad de su madre y su abuela pues habían visto cómo sus hijos, el fruto de sus entrañas, morían en accidentes horribles. Ella misma fue testigo, junto a sus seis hermanas, de cómo su hermanito de siete meses, que aprendía a gatear en ese entonces, era decapitado en el jardín con el cristal de una de las ventanas de la casa que se había roto inexplicablemente. Otro, se aventuró demasiado en dirección a la escalinata que llevaba al jardín trasero y su cuerpo quedó retorcido en una postura horrible.
Y ahora algo espantoso le iba a ocurrir a su pequeño y ella no podría hacer nada para evitarlo. Diana se desesperó. Sentía la pena y la impotencia que debieron sentir su madre y su abuela antes que ella. Pero algo habría que se pudiera hacer. Ella no podía resignarse a esperar que la cosita tierna que apretaba contra su pecho tuviera un fin tan espantoso.
Marie, cogió al niño para limpiarlo y anunciar al padre el nacimiento. André entró en el cuarto exultante y se quedó asombrado al ver a su mujer llorar desconsolada.
-       ¿Qué pasa, Diana? ¿Está bien el niño? Marie me ha dicho que es un niño sano. ¿Dónde está? ¡Quiero ver a mi heredero!
Al oír estas palabras, Diana lloró con más fuerza.
-       ¡Ay, André! Nuestro hijo no sobrevivirá para heredar nada. Está escrito que morirá antes de un año. ¡Por eso no quería tener más hijos! No quería tener que pasar por este infierno…
-       ¡Maldita sea! Estoy harto de tus supersticiones blasfemas. Maldiciones… ¡Maldición la que me tocó a mí por casarme con una cajún! Y ahora quiero ver a Pierre André.
Mientras André contemplaba orgulloso a su progenie, Diana pensaba desconsolada en sus hijos. Pierre no llegaría a la adolescencia y su hija… su hija cuando fuera madre tendría que vivir con esa pesadilla toda la vida. No podría ser feliz disfrutando de la ilusión de ser madre por temor a tener varones y, luego, cuando los tuviera, sufriría como ella estaba sufriendo ahora. ¡Condenada maldición! Ella tendría que pasar por ese suplicio pero no iba a permitir que Belle, su hija, tuviera que pasarlo también. Haría lo que hiciese falta para acabar con todo aquello de una vez por todas.
Diana paseaba por la biblioteca. Aquel vasto imperio de estanterías que iban del suelo al techo, lleno de libros de todos los tipos y épocas, no estaban dándole las respuestas que buscaba. Poesía, ensayos, tratados científicos y la Biblia. Nada de leyendas, ni orígenes de maldiciones. ¿Qué otra cosa podía esperar que tuviera André? Pero alguien debía saber; en algún sitio debían estar las respuestas.
Marie fue a visitarla para ver cómo estaban el niño y ella. Hacía un mes que Pierre llegó al mundo pero la madre no estaba tan recuperada como cabía esperar. Ella sentía que la recuperación de Diana se retrasaba por su estado de angustia, y con eso poco podía ayudar. Pero aun así, se preocupaba por la muchacha que había traído al mundo veinte años atrás. La madre de Diana y ella fueron como hermanas hasta en la pobre mujer murió en el último parto cuando alumbraba al séptimo varón, que tampoco sobrevivió. Desde entonces, Marie había tomado bajo su protección a las hijas de su amiga, desde lejos, sin que se dieran cuenta. Pero Diana era especial. Sentía en ella una fuerza que ninguna de las otras mujeres de su familia tenían y la seguía muy de cerca.
Aquella tarde, cuando Marie entró en la sala de recibo de la plantación, vio a Diana que ya la esperaba con un juego de té preparado sobre la mesa de hierro forjado. Estaba sentada frente al balcón redondo y los rayos del sol que atravesaban la cortina de seda roja, la bañaban en una luz rojiza. De su cuello manaba sangre a borbotones salpicando las paredes. Pierre yacía muerto en su regazo con la cabeza abierta por la mitad; la sangre de ambos se mezclaba y lo inundaba todo. Diana la miró y sonrió:
-          Marie, querida, ¿qué haces ahí plantada? ¿Necesitas permiso para entrar?
Marie parpadeó y vio que no había luz roja, ni sangre, ni nada anormal. La luz del sol entraba por el visillo blanco de chifón y Diana, a parte de las ojeras intensas en sus ojos, tenía un aspecto normal. Pierre se mordía los puñitos y daba patadas al aire, ajeno a lo que el destino le deparaba.
-       Diana, — la interpeló Marie acercándose rápidamente — lo he visto. Sé lo que tienes que hacer para romper el maleficio. Sólo tú puedes ponerle fin o no habrá paz para ninguna mujer venidera de tu estirpe.
-       ¡Dímelo! ¿Qué he de hacer? Haré cualquier cosa, lo que sea para salvar a mi niño.
-       Para Pierre no hay salvación. La tempestad durante su nacimiento es una señal inequívoca, pero puede ayudar a Belle, puedes hacer que ella no tenga vivir con el miedo y la pena.

Diana se angustió. Su pequeño Pierre... nada había que pudiera salvarlo. Su destino estaba sellado. Pero si podía liberar a Belle y quizás a ella misma… Podría darle el heredero ansiado a su marido y ella deseaba fervientemente tener más hijos.
-       Haré lo que sea — dijo decidida.
-       Tendremos que ir a Nueva Orleans —indicó Marie — yo sólo soy una curandera a la que los espíritus revelan cosas menores. La reina del Vudú de allí nos dirá qué hacer.

Diana pretextó ante André que se hallaba totalmente repuesta y que ahora que todo había pasado, veía lo tonta que había sido por creer en supercherías. Quería comprar una cuna digna del heredero de Le Royal, la plantación, y hacer compras para el niño y ella misma. André entusiasmado por el hecho de que su mujer entrase por fin en razón y comenzará a actuar de acuerdo a su posición, no le puso ningún reparo.
Cuando llegaron a Nueva Orleans, Diana no se sentía con ánimos de comprar nada. Quería acabar con aquello cuanto antes y volver al lado de Pierre a disfrutarlo todo el tiempo que aún lo pudiera tener. Metió prisa a Marie y fueron directamente a casa de Mama Madou, la reina del vudú.
Les hicieron esperar en una sala pequeña y oscura. Una cortina de tiras hecha de lo que parecían ser huesecillos, separaba aquella sala de donde las recibiría Mamá Madou. En el aire flotaba un olor extraño que las sumía en un estado de somnolencia. Finalmente, tras un buen rato de espera, apareció la misma muchacha mulata que las había recibido y anunció que Mamá Madou estaba lista para atenderlas. En cuanto Diana traspasó la cortinilla la voz de la sacerdotisa tronó en la estancia.
-          ¡La maldición de las amazonas te persigue!
Diana se quedó sin palabras; quieta en el sitio. No sabía qué decir, no sabía qué hacer.
-       Ven, hija, deja que los espíritus y yo te veamos bien. — dijo Mamá Madou a la vez que las invitaba con un gesto de su mano a tomar asiento frente a ella.

Diana estaba temblorosa pero sabía que por fin le darían las respuestas a sus preguntas y aunque quería realizarlas todas cuanto antes, permaneció sentada callada a la espera de que Mamá Madou dijera algo más, pero ésta se limitaba a observarla fijamente, traspasándola con una mirada que la ponía más nerviosa. Finalmente cerró los ojos y agachó la cabeza. Permaneció así un tiempo más y por fin levantó la mirada de nuevo a Diana.
-       Los espíritus están furiosos. Dicen que una antepasada tuya rompió el pacto y quieren que se cumpla con él.
-       Yo… yo haré lo que sea necesario. No tengo ni idea de qué hizo alguna de mis antepasadas, pero creo que ya hemos pagado con creces lo que ella cometiera. ¡Yo no tengo la culpa! Sólo quiero que mi hijo crezca y sea feliz.
-       Sólo la sangre podrá redimir la afrenta que en su día se le hizo al espíritu que protegía a las amazonas.
-       Pero, ¿qué afrenta tan terrible fue esa que nos persigue a las mujeres de la familia tantos siglos después?
-       Sabrás — comenzó Mamá Modou —, que las amazonas eran una tribu de guerreras, que tan sólo consentían el contacto necesario para reproducirse y tener descendencia a la que entrenaban desde pequeñas para que sucedieran a sus madres en la batalla. Cuando por desventura nacía un niño, este era sacrificado inmediatamente. De esta forma, las amazonas mantenían su unidad femenina y lo entregaban al espíritu o a la diosa Artemisa, a la que veneraban, y ésta las protegía a cambio. Pero una mujer, antepasada tuya, tuvo la osadía de romper ese pacto. La reina de la tribu temió atraer las iras de la diosa sobre el poblado y maldijo a tu antepasada y a toda su descendencia a que todos los varones que nacieran muriesen antes del año. Para romper la maldición, aquella sangre que no se ofreció en sacrificio debe ser restituida. No hay otra manera.
Estas palabras se clavaron como un puñal en el corazón de Diana, que aún albergaba la esperanza de poder salvar a su pequeño. Todo en ella se revelaba contra aquella sentencia que era inadmisible para cualquier madre. Con los ojos llenos de lágrimas y una voz desgarrada de dolor, Diana realizó la espantosa pregunta:
-       ¿Cómo y cuándo debe realizarse el sacrificio?
-       Lo antes posible — respondió Mamá Madou — tu hijo puede ser alcanzado por la ira del espíritu en cualquier momento y para ti será más terrible cuanto más tiempo pases junto a él. Marie, ha sido tu protectora, como cada una de tus antepasadas tuvo a una hechicera que la protegiera y guiara en la restitución del sacrificio. Sólo tú has tenido la fuerza necesaria para romper la cadena de horror y muerte, y Marie te ha guiado hasta aquí. También ella sabe qué hacer a partir de ahora.
El abatimiento predominó en el cabriolé de vuelta a casa. Diana y Marie apenas cruzaron palabra. Lagrimas silenciosas resbalaban por las mejillas de Diana, que se aferraba a su pañuelo como si así pudiera mantener a su hijo con vida. Marie no se atrevía a confesar que desde que pronosticó el último embarazo de Diana, sueños y presentimientos la habían acosado, haciéndole saber que ese momento llegaría.
Cuando se acercaban a la plantación, Marie decidió romper el silencio con todo el dolor de su corazón.
-       Tendríamos que hacerlo esta noche, pequeña. Tu marido no entenderá que vuelvas de Nueva Orleans sin nada comprado y con más tristeza de la que llevabas cuando te fuiste. Serían precisas muchas explicaciones que estoy segura que no tendrás cuerpo de dar.
-       Tienes razón, Marie — contestó Diana clavando su mirada suplicante en la anciana — pero yo no puedo…
-       Debes hacerlo tú, Diana. Yo lo haría por ti, pero eso no serviría de nada. Esta noche, nos adentraremos en el pantano, rogaras al espíritu que te perdone y le ofrecerás la sangre de tu estirpe para que se limpie la afrenta. Así es cómo se debe hacer.
Diana entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación de juegos de Pierre. Lo observó mientras agitaba su sonajero y comenzaba a lanzar intentos de carcajadas. La cuidadora le informó de que era la hora de la siesta.
-          Yo me ocupo — le informó Diana.
Lo acunó contra su pecho y mientras le cantaba una canción de cuna, sentía que crecía dentro de ella la certeza de que su deber era proteger a bebé al que había dado vida, no arrebatársela. Si pudiera ser su sangre la que limpiase la afrenta, gustosa se sacrificaría ella en lugar de su niño. De repente se le iluminó la cara. Dejó a Pierre en su cuna y fue a ver a Belle. Pasó la tarde con su hija y después de cenar, cuando la metió en la cama, la arropó bien y le dio un beso en la frente.
-       Pase lo que pase, cariño, no olvides que lo hago todo por ti. Quiero que seas feliz toda tu vida y que tengas muchos hijos a los que les hablarás de mí. Sé que aún eres muy pequeña y que no me recordarás cuando crezcas pero Marie te hablará de mí y te cuidará si yo no estoy.
A André le dijo que salía a dar un paseo por el pantano. Era una noche calurosa y no podría conciliar el sueño. A su marido no le extrañó esa petición. Su mujer se había criado entre caimanes y pantanos. Sabía que a veces le gustaba pasear por la noche, especialmente cuando estaba nerviosa por algo.
Diana cogió a Pierre, lo metió, dormido aún, en su cochecito y se encaminó al pantano donde se había citado con Marie. Al llegar, la anciana la estaba esperando. Parecía tan triste como si fuera su propio hijo el que estuviera a punto de ser sacrificado.
-       Diana, ya sabes lo que tienes que hacer. Ruega y adéntrate en el pantano con el niño. Reza y el espíritu acudirá.
Diana se adentró en el pantano con Pierre en brazos. Rogó al espíritu su perdón y ofreció su sacrificio. Cuando acabó su plegaría, todo quedó en silencio por un momento. Todo el pantano parecía contener la respiración. Diana sólo podía oír el latido de su corazón que iba cada vez más rápido, y esperaba que sus ruegos fueran oídos.
Un caimán apareció entre las aguas oscuras. Sólo el brillo de su iris amarillo, atravesado por la pupila vertical, dio muestras de su presencia. Nadó hasta donde estaba Diana con Pierre y cuando llegó ante ellos se detuvo. Sus ojos iban del niño a la madre y de la madre al niño, pero no realizó ningún movimiento. Diana se acercó a la orilla lo más deprisa que pudo y dejo a Pierre en tierra. Tan pronto como el niño estuvo a salvo, el caimán se lanzó contra Diana, tiñendo las negras aguas con la sangre de Diana.
Marie observaba aterrorizada. El caimán desapareció tal como había llegado: de repente. Parecía que todo hubiese sido una pesadilla. Marie se agachó para coger a Pierre. El niño vomitó. Fue un vómito negro y viscoso. La maldición había sido expulsada de su cuerpo. El espíritu había aceptado el sacrificio de su madre, la sangre de la estirpe, al fin y al cabo. A ella sólo le restaba ver crecer a los hijos de Diana y amarlos como lo hubiera hecho su madre.


La casa en el lago

Penélope estaba enferma. El doctor Grey, de Oxford Street, una eminencia en enfermedades mentales femeninas, le había diagnosticado “crisis nerviosas con episodios de alucinaciones”. Aconsejó su ingreso en un sanatorio mental lo antes posible, algo a lo que Homer, su marido, se opuso y sugirió como alternativa pasar un tiempo en un lugar más tranquilo que Londres. Quizás la paz del campo contribuiría a calmar los nervios de su esposa.