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miércoles, 30 de julio de 2014

Las herramientas de la sabiduría

I
Quizás si nunca hubiera abierto aquél libro mi vida hubiera seguido su monótono e insustancial curso. No sabía lo que me esperaba entre aquellas páginas y mucho menos lo que iba a desencadenar aquella novela. Ahora, echo la vista atrás al momento en que me sumergí en aquella lectura, y sé que aunque dar marcha atrás, volvería a repetirlo todo, punto por punto pese a lo que aconteció.


Mi destino me encontró aquella tarde en la que, con unas largas vacaciones por delante, decidí matar el tiempo paseando por mi adorado Barrio Gótico, en Barcelona. Planeaba perderme entre sus callejuelas, en el laberinto de la antigua judería tras la Catedral y ver los palacetes de la calle Montcada. Sin embargo, al bajar por Portal del Ángel y girar en la calle Canuda, me sedujo el aspecto de uno de los escaparates de los muchos que allí se veían. Era como mirar a través de una ventana hacia el pasado: era una librería de viejo.
Entré y me asaltó el maravilloso olor de los libros con muchos años y muchos dedos encima. Paseé la mirada por los montones de libros apilados hasta que me topé con un tomo de grandes letras que otrora debieron ser doradas, pero que ahora se veían de un color oro viejo. Argentina y sus grandezas de Vicente Blasco Ibáñez. Me acordé de mi querido abuelo, que siempre andaba con algún libro de ese autor en las manos y decidí comprarlo.
Lo devoré en dos tardes. Me vi deambulando por las calles porteñas y casi podía oír un nostálgico tango de fondo. Al acabarlo sentí como si hubiera despertado de un profundo y hermoso sueño y me golpeara la realidad. Quería volver a mi sueño. Quería volver a Argentina. A partir de ese momento, empecé a buscar libros que volvieran a llevarme por esa ciudad de calles empedradas, de cafés con sabor a antiguo y de farolas de luz amarillenta. Tanto llegué a leer sobre la fascinante Argentina que estaba convencida de poder moverme por Buenos Aires con la destreza de cualquier lugareño.
Pocos meses más tarde tuve la oportunidad de poner a prueba esa certeza. Con la llegada de la crisis, el sector en el que trabajaba — el turístico — fue de los primeros en acusarla  Tras ocho años de dedicación a la empresa, el finiquito ascendía lo suficiente como para permitirme cumplir un sueño. Era ahora o nunca, así que pasé por alto lo que me dictaba la razón y por primera vez en mi vida seguí un impulso sin pensar en las consecuencias. Compré un billete de ida a Buenos Aires sin contemplar la fecha de mi regreso.
Preparé el viaje con una mezcla de emoción y pena; me sentía triste por dejar a mi familia que, acongojada, me aconsejaba prudencia. Administrarme el buen peculio y estirarlo lo máximo posible mientras encontraba otro trabajo. Pero a pesar de saber que sus consejos eran lo más sensato, nada hubiera podido retenerme.
El 8 de enero estaba en el vestíbulo del aeropuerto, cargada con la maleta más grande que tenía y mirando descorazonada el tablón de información de vuelos que indicaba que, debido al mal tiempo, mi avión no despegaría hasta el día siguiente, como pronto. Los pasajeros tendríamos que pasar la noche en tierra. Poco a poco, la terminal fue quedando vacía a medida que se adentraba la noche y las familias con niños, y mayores posibles económicos, buscaban un hotel donde dormir cómodamente. Yo me instalé lo mejor que pude en una sala cercana a la cafetería y saqué del bolso mi sempiterna novela.
II
Contaba que muchos años antes de que los españoles pisaran tierras americanas, las tribus guaranís, que hasta ese momento habían guerreado ferozmente entre sí, habían establecido un precario pacto de paz y unión, dando forma a algo similar a un país. Los soldados se retiraron y surgió a un grupo de sabios que fueron llamados karaí, que en su lengua de origen, designaba a quienes poseían poderes mágicos. Los karaí eran respetados por las tribus pues muchos eran clarividentes.
De entre todos ellos el más notorio era Avati, Los señores de los poblados lo admiraban y, secretamente, lo envidiaban. Querían tener su infinita sabiduría y cuando el anciano los visitaba, tras  escuchar sus consejos y profecías, siempre le hacían la misma pregunta:
-  Avati, ¿de dónde proviene tu gran inteligencia?
-  La sabiduría está al alcance de cualquiera persona, se rica o pobre. Débil o sano. Poderoso o sirviente. — respondía Avati —. Sólo precisa de las herramientas adecuadas para ser tan sabio como yo. Aunque no cualquiera es merecedor de hallarlas, y desde luego, no todos saben hacer uso de ellas.
-  ¿Qué herramientas son esas? — inquirían.
-  El qué carece de importancia. Es el cómo lo importante, por eso se encuentran bien custodiadas en un lugar de difícil acceso, aunque no imposible, para aquel que sea realmente merecedor de tal tesoro.
-  ¡Dinos donde se encuentran, anciano! No queremos estar llenos de dudas y necesitamos la sabiduría completa para guiar a aquellos que dependen de nosotros.
-  Sólo puedo decir  que “en medio de un océano de hielo, donde el frío quema, se esconde la mayor arma que el ser humano puede esgrimir”. El acceso es difícil y únicamente quien realmente lo merezca, lo alcanzará.
Y tras estas enigmáticas palabras Avati proseguía su camino.
Jetý era el avaro jefe de una de las tribus. Un día al escuchar a Avati, pensó de esta manera:
-  Si me hiciera con esas herramientas, sin duda mi inteligencia no tendría límites. Podría gobernar incluso sobre los otros poblados sometiendo a sus jefes y sería venerado y temido por todos. Manejaría a mi antojo a los habitantes de todos los pueblos guaranís y así, obtendría lo mejor de cada uno.
Con este plan en mente, Jetý reunió a un grupo de hombres para iniciar una expedición en busca de las Herramientas. Escogió a cuatro de sus esclavos más fuertes y se aprovisionó de cantidades ingentes de comida.
A oídos de Andaí, señor del poblado vecino y eterno rival de Jetý, llegó el rumor de la expedición. Se espantó al pensar en el poder que adquiriría su enemigo y, viendo peligrar su posición, decidió que a toda costa debía impedir a Jetý apoderarse de las Herramientas. Planeó matarlo pero luego se dio cuenta de que a cualquier otro jefe se le podía ocurrir la misma idea que a Jetý y poner en igual riesgo su mandato. A menos que fuera él el en dar con ellas y las destruyera…
Pensando así, se puso en camino antes que su vecino. Partió sin compañía ese mismo amanecer con unas pocas viandas, para aligerar la carga. Viajando solo y ligero adelantaría más. Cazaría cuando fuera menester y los bosques y ríos le proveerían de lo necesario. Lo que ignoraba Andaí es que Jetý había ordenado botar un barco, pequeño pero muy veloz, y así, aunque partió días más tarde, en pocas jornadas dio alcance y dejo atrás a su rival.
Uno a pie y el otro por mar, ambos se dirigieron al sur. Algunos viajeros se habían aventurado a tierras lejanas y volvían contando historias de un lugar por allá abajo, donde todo era blanco y frío. Decían que del mar surgían enormes montañas heladas que al tocarlas parecían de fuego.
A esta tierra inhóspita llegó Jetý y mandó a dos de sus esclavos en busca de las Herramientas. Los desdichados eran maltratados y apenas se les alimentaba, temían al orondo y tirano amo y no se atrevieron a contradecir la orden. Entre quejas y lamentos se fueron a cumplir la tarea encomendada, muertos de hambre, miedo y frío. Volvieron al cabo de quince días. Habían dado con la cueva donde se hallaba el codiciado tesoro pero estaban más famélicos que cuando se fueron.
-  Denos más comida, jefe. Hemos cumplido su encargo al que nos mandó sin abrigo y sin comida. Pudimos pescar algo pero ese frío horrible nos ha dejado muy debilitados.
-  No tendréis recompensa por cumplir vuestra labor. Comed la ración que os corresponde y no quiero oír más lamentos. ¡Vagos!
Los esclavos observaron que el jefe, bien aprovisionado de deliciosos alimentos, lejos de estar demacrado, lucía más lustroso aún a causa de pasar el día tumbado degustando unos y otros manjares.
Jetý, acompañado de los esclavos restantes, siguió las indicaciones que le dieron los otros dos desventurados y pronto llegó a la base del escarpado glaciar por el que tendría que escalar hasta alcanzar la cúspide. Allí estaba la gruta que albergaba las Herramientas. Jetý comprendió entonces las palabras de Avati en lo que se refería al difícil acceso, aunque, se recordó, no imposible para quien las mereciera.
Ordenó hacer picos afilados con los huesos de los animales que había devorado previamente, luego ató el extremo de unas pieles a la cintura de un esclavo, y el otro extremo en la del otro. Quedó una suerte de hamaca en la que se instaló él, junto con algunas delicias que cogió para el camino, y dio orden de iniciar el ascenso.
-  Pero amo, estamos muy débiles — protestaron los cautivos—. No podemos ascender cargando con nuestro peso y el vuestro. Si no hubierais alimentado mejor…
-  ¡Ya podes subir u os dejo sin comer un mes!
Atemorizados, los esclavos comenzaron el penoso ascenso. Al cabo de tres horas, les flaqueaban los brazos y a punto estuvieron de despeñarse.
-  ¡Qué hacéis, idiotas! — les increpó Jetý— ¿Queréis matarme para quedaros con mi comida?
Estas palabras dieron luz a una idea en la mente de los esclavos. Empezaron a dejarse caer suavemente desoyendo las maldiciones de Jetý. Cuando llegaron a tierra firme, con los mismos picos que ascendieron,  cayeron sobre el avaricioso jefe y le dieron muerte. Luego volvieron al barco y se dieron un gran festín mientras la sangre de Jetý corría como un río rojo sobre el desierto blanco.
Andaí, por su parte, recorrió un largo camino. A veces cazaba, aunque la mayor parte del tiempo más bien se dedicaba a robar lo que necesitaba. Cuando llegó a la tierra blanca, siguió el rastro de sangre que Jetý había dejado, llegando así al pie del glaciar. Se fijó en las marcas que dejaron los esclavos en el hielo al ascender y buscó en derredor los útiles que habían herido a la montaña de hielo. Tras muchos esfuerzos alcanzó la gruta. Cuando su mirada se posó sobre las Herramientas lo que vio lo cegó. Literalmente. Las Herramientas estaban protegidas con una magia por la cual sólo alguien que quisiera poseerla por motivos desinteresados, podría conseguirlas.
III
Cuando acabé de leer el libro era ya de día. El tiempo había mejorado y el vuelo estaba listo para salir a media mañana. En la cola para embarcar me asaltó una voz por detrás de mí.
-  Que buen libro debías estar leyendo que te ha tenido despierta toda la noche.
Me giré para ver de quién procedía aquella voz profunda y me encontré con un hombre de unos cuarenta años. Llevaba el pelo recogido en una cola y tenía un brillo simpático en los ojos. Hablaba con acento argentino.
-  ¿Me estabas espiando? —le pregunté.
-  Un poco, linda. Me llamó la atención lo que leías. ¿Cómo llegó a tus manos esa leyenda? No es muy conocida allá, en Argentina, y menos para los europeos.
-  Me confieso una enamorada de tu país. Busco y leo todo lo que puedo de tu tierra.
-  ¿Vas a Argentina de vacaciones o buscás chamba?
-  Voy a la aventura. No sé qué derroteros seguiré cuando llegue, sólo sé que de momento tengo reserva en un hostal de la Plaza de Mayo ¿Qué hay de ti?
-  Pues yo, viendo que acá ya no puedo laburar, vuelvo a casa a probar suerte allá.
Se me ocurrió que necesitaría un guía y le ofrecí trabajar para mí.
-  ¡Encantado! Además, conmigo no te vas a estufar[1], te lo aseguro.
-  ¿Estufar? —pregunté confundida.
Él rió y me dijo:
-  Vamos linda, es nuestro turno. Te pondré al día durante el viaje. Tenemos dieciséis horas por delante para de hacer de ti una autentica porteña. Por cierto, me llamo Mario.
-  Yo Adriana.
-  Encantado de conocerte, Adriana.
Cuando nos instalamos en el avión, volví a preguntarle qué significaba estufar.
-  Seguramente habrás oído hablar del “lunfardo”. Es una jerga que se originó a finales del siglo XIX, entre los lunfardos —o ladrones—. Lo usaba la gente de baja ralea como código para pichulear; trapichear, como dicen ustedes. Poco a poco se amplió con el grupo de mafiosos que lideró Ágata Galiffi. Esta mujer, heredó “el cargo” de su padre, pero se hizo legendaria por su inteligencia y belleza. Se la conoce en Buenos Aires como “la flor de la mafia”. De ahí en adelante el lunfardo se convirtió en el idioma de los tangos. Si te fijas, verás que Gardel usa muchas palabras en sus canciones que seguro no entiendes. Ya ves, me vas a tener que pagar doble, pues seré tu guía e intérprete de lunfardo-castellano.
Mario se interesó de nuevo por el libro que terminé la noche anterior y me preguntó si me iba a lanzar a la búsqueda de las Herramientas.

-  Es una leyenda preciosa — respondí— pero creo que si esas Herramientas existieran, habrían miles de personas buscándolas, o alguien las tendría ya en su poder…
-  No cualquiera es merecedor de ellas. Además, no están dónde dice la leyenda. Nadie conoce su paradero, pero yo podría ayudarte.
-  ¿En serio crees que existen?
-  ¡Claro! Es más, yo sé dónde están.
-  ¿Y por qué no las has cogido tú mismo?
-  ¿Quién dice que no lo he hecho? Mira, me caes bien Adriana. Creo que tú serías una buena custodia. Te voy a colaborar.
-  No puedo creer que hables en serio— le dije empezando a pensar que había trabado amistad con un loco.
-  Te  lo demostraré cuando lleguemos a ellas. No tenés nada que perder. ¡Así harás un poco de turismo por el camino!
Cuando llegamos a Argentina eran las ocho de la mañana. Calculé que en España sería la una de la tarde. Sabía que dejaba el invierno en España y que en Buenos Aires encontraría un tiempo cálido, pues allí era verano, pero no dejaba de sorprenderme haber salido de casa dos días atrás, en medio de un clima tan frío como el húmedo invierno barcelonés, y encontrarme de repente bajo un sol radiante y una temperatura tibia ya a esa hora de la mañana.
-  Bienvenida a Buenos Aires, linda. — dijo Mario con una gran sonrisa. Se notaba que echaba de menos estar en casa.
Tras el largo viaje, nos separamos para ir a descansar un poco. Él iba a alojarse en casa de un amigo pero me acompañó hasta mi hostal por si me perdía. Cuando me vi en la Plaza de Mayo, situada en el barrio de Montserrat, sentí que mi sueño se estaba haciendo realidad. Había visto fotos, por supuesto, pero ni las imágenes me habían preparado para lo que sentí al ver el majestuoso palacio de mármol rosa que era la Casa Rosada. Ver las importantes calles que confluían en la plaza e imaginar cómo fue la marcha de las madres de los desaparecidos durante la dictadura de Videla. Casi costaba trabajo creer que en medio de aquella soleada y alegre plaza, hubiese habido tanto desgarro y dolor.
Me instalé en el hostal y di una pequeña cabezada, luego me arreglé y me encaminé al legendario Barrio de Bocca, con sus viejos fondeaderos dónde destacan las viejas embarcaciones que han ido a morir en sus sucias aguas, como dice la canción “niebla del riachuelo”. Un barrio hoy lleno de color y alegría que parece hecho para distraer la atención del turista mientras un “lunfardo” te vacía los bolsillos. Una pareja bailaba un tango en una esquina. Parecía que todo Buenos Aires era tango.
Había quedado con Mario en el Barrio del Abasto, así que tomé un trolebús que me dejó en la zona donde se concentra la vida comercial de la ciudad. Aunque ahora rebosaba color y movimiento, antaño fue un lugar de emigrantes y conventillos.
Entré en el café convenido y mientras esperaba a Mario, escuchaba las conversaciones de la gente a mí alrededor. Palabras cogidas aquí y allá que ni en el contexto de la conversación era capaz de entender. Llegué a pensar en apuntarlas y luego preguntarle a mi traductor por su significado.
Este apareció a la hora señalada, fresco y hecho un brazo de mar. Nos fuimos a comer. Allí se comía a la misma hora que en España. Siguiendo los consejos de Mario, pude degustar un delicioso choripán, una especie de empanada de chorizo y alfajores de dulce de leche para el postre. Cuando acabamos de comer Mario anunció:
-  Bien linda, te voy a enseñar algo que te va a encantar. Luego rentaremos un auto, y comenzará nuestra aventura.
-  ¿A dónde vamos? —pregunté intrigada.
-  Al Cementerio de la Chacarita —anunció con grandilocuencia.
Era el lugar donde estaban enterradas las grandes personalidades que formaron Argentina. El Panteón de la entrada era impresionante; con semejante monumento podía hacerse uno a la idea de los ilustres que eran “sus moradores”. Escritores y poetas de la talla de Elias Castelnuovo o Evaristo Carriego, junto a figuras del tango como Francisco de Caro, entre otros muchos, descansaban eternamente unos junto a otros.
-  ¿Qué te pareció, linda?
-  Apabullante —atiné a contestar.
-  Pues vamos a por el carro, que no sabés el quilombo en el que te metes.
Después de un rato en la cola de la agencia de alquiler de coches, nos pusimos en camino. El paisaje, al salir de Buenos Aires, cambió poco a poco hasta que tan sólo nos rodearon los prados enormes y verdes de La Pampa. Cuando empezó a anochecer, Mario anunció que tras varios días sin apenas descanso, debíamos parar a dormir como Dios manda y que lo haríamos en el siguiente pueblo, Trelew.
-  ¿Vamos Ushuaia? —le pregunté.
-  ¿Por qué pensás que las Herramientas están en Ushuaia?
-  La leyenda habla de una tierra blanca donde el frío quema.
-  Claro, Tierra de Fuego. Pero las Herramientas ya no se encuentran allá.
Llegamos a Trelew y Mario fue directamente a un hotel precioso y con pinta de ser muy exclusivo.
-  Este viaje me va a salir un poco más caro de lo que pensaba. — dije.
-  No, aquí me conoces y tengo tarifa VIP.
Cuando nos acercamos a la recepción, el empleado reconoció de inmediato a Mario.
-  ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Querés la habitación de siempre?
-  ¡Jesús! Buenas noches. Sí, te agradecería la de siempre, si es que está vacante.
-  Ya sabe, Mario que el hotel la tiene siempre a su disposición y no la renta a nadie más.
¿Quién era este hombre, que era tratado con tanta deferencia en un lugar tan lujoso, y sin embargo vestía como un hippie? ¿Y por qué le trataban de usted, a la vez que lo llamaban por su nombre de pila? Tenía que admitir que mi acompañante me suscitaba una gran intriga. A mí se me asignó una habitación cercana a la de Mario, y cuando al fin pude introducirme en la mullida cama, de suaves sábanas, caí casi fulminada.
Cuando me desperté ya había pasado la hora del desayuno, así que llamé a recepción para pedir algo de comida.
-  Sí, señorita Adriana. Mario ya dejó encargado subirle el almuerzo cuando despertara. En seguida se lo llega un camarero.
El desayuno fue pantagruélico pero yo estaba famélica y no dejé ni una miga. Cuando estaba dando el último sorbo al café, Mario llamó a la puerta.
-  Vamos, linda. Tenés una dura tarea pendiente. ¡Vístete!
Me apresuré a arreglarme y fui a su encuentro en el vestíbulo. Le reproché que me hubiera dejado dormir hasta tan tarde.
-  Ya estamos cerca de nuestro destino —dijo—, y necesitarás fuerzas para la prueba que te espera.
Nos metimos en el coche y al rato llegamos a un bello paraje. La Isla de los Pájaros. Me llevó hasta el borde de un acantilado y, sin previo aviso, me empujó al mar.
-  ¡Vamos linda, a nadar!
Pensé que me mataba, pero no había mucha altura y ninguna roca se interpuso en la trayectoria de la caída. Ni siquiera el impacto contra el agua fue demasiado fuerte. Mario saltó detrás de mí y cuando ambos salimos a la superficie me indicó que debíamos nadar hasta la isla.
-  Seguro que hay algún barquito para turistas, que nos habría dejado en el mismo sitio mucho más secos —comenté con sarcasmo.
-  No, en el lugar al que nos dirigimos no puede fondear ningún barco. Ahora, ¡a nadar!
Tardamos una hora en alcanzar tierra. Estaba completamente extenuada. Apenas sentía los brazos. Mario, por el contrario, parecía salir de hacer unos largos en la piscina.
-  ¿Ves aquella gruta que se atisba en medio del peñasco? — me preguntó señalando una hendidura en la roca unos veinte metros por encima de nosotros — Vos tenés que llegar allá y debés ir sola. ¡Andáte!
Aquel hombre estaba loco. No podía moverme después de una hora de nado, ¡y ahora quería que me pusiera a escalar! En mi vida había trepado ni a un árbol siquiera, no podría escalar aquello tan escarpado y menos sin una triste cuerda de seguridad. Estaba segura de que Mario, por algún motivo desconocido, quería matarme.
-  No seas miedosa. Yo sé que podés lograrlo.
No sé qué me impulsó a comenzar el ascenso, ni de dónde saqué las fuerzas, pero de repente me sentía segura y en cuestión de dos horas alcancé la gruta. Al entrar, vi que Mario me espera ya dentro. Pensé que el muy canalla debía haber subido por alguna escalera excavada en el interior de la isla y me había hecho la jugada de hacerme ascender con penas y agonías.
-  Entrá por ese pasillo y encontrarás las Herramientas.
Seguí el pasillo. De repente este se bifurcó. Mario no me había dicho por dónde debía seguir. Tomé el camino de la derecha y llegué a un muro. No había salida y tuve que retroceder, hasta volver a la bifurcación. Seguí por la izquierda. Al cabo de un rato, me encontré ante tres caminos. Pensé seguir recto, pues parecía el camino lógico, pero volví a un punto muerto. De nuevo deshice mis pasos y volví a intentarlo por el camino de la izquierda.
Así anduve durante horas, hasta que por fin llegué a una sala. Sobre el dintel de la entrada se leía: “Las Herramientas de la Sabiduría”. Entré y vi que en pleno centro de la estancia se elevaba un atril de cristal y oro. Me acerque y observé que encima del atril había una hoja en blanco y una pluma, blanca como la nieve. Al pie un grabado rezaba: “Las verdaderas herramientas del saber, se consiguen en el camino hasta aquí”. Cogí la pluma y el papel y Mario entró en la estancia.
-  Ahora tenés las Herramientas de la Sabiduría. — me dijo— Tomaste muchas veces el camino equivocado, retrocediste y buscaste el buen camino. Igual que en la vida, tenés que equivocarte para aprender. Llegar al conocimiento cuesta tanto como cruzar a nado durante una hora o escalar sin ayuda una montaña, pero yo sabía que tú podías hacerlo. Ahora, debés custodiar las Herramientas hasta que encuentres a otro digno de cargar con esa responsabilidad. Aquí nos despedimos. Fue un placer hacer el viaje contigo. Cuídate mucho, linda. Adiós.
Dio media vuelta y se dispuso a marchar.
-  ¡Espera! — grité— ¿Volveré a verte? ¿Puedo escribirte? ¡Ni siquiera sé tu nombre completo!
-  Avati. Mario Avati.




[1] Estufar: significa “aburrirse” en dialecto lunfardo.