Yacía sola en su cama, acompañada de sus
dos hijos y sus respectivas mujeres. Dimas, el menor, sollozaba en un rincón de
la habitación en semipenumbra. Joana, su mujer, intentaba consolarlo. Darío, el
primogénito, estaba sentado en una silla a su lado. Parecía más preocupado que
apesadumbrado por la inminente desaparición de su madre. Adriana, la esposa de
Darío, daba órdenes a la enfermera, que hacía lo posible para que la moribunda
estuviese lo más cómoda en sus últimos instantes
.
.
Cinco personas en la habitación donde
Luisa había dormido cada noche desde que se casó hacía ya sesenta y seis años,
y sin embargo, estaba sola. Su marido la había dejado atrás diez años antes. El
cáncer se lo había llevado y con él se fue su otra mitad. No es que fueran uno
de esos utópicos matrimonios que se aman toda la vida como el primer día, sólo
que era la persona con la que había pasado más tiempo. Se casó con Marcos
cuando tenía dieciocho años y desde entonces, él fue su otra mitad.
Cierto es que cuando se conocieron, se
gustaron. El compromiso y la boda eran los pasos lógicos a seguir. Pero los
años y los problemas hicieron que poco a poco, la pasión se tornase en
compañerismo. En realidad, Luisa había cargado sobre sus hombros el cuidar de
su familia. Marcos se limitaba a traer el dinero a casa. No es que fuera mucho,
pero Marcos y Luisa se habían hecho con un pequeño patrimonio a base del
esfuerzo de Marcos y la habilidad administrativa de Luisa.
Y allí estaba ella ahora; rodeada de sus
hijos y pensando que ahora que se iba, le encontraba menos sentido que nunca a
la vida. No quería morir. Era ya vieja y estaba cansada pero seguía siendo
necesaria. ¿Cómo se las apañarían sus hijos cuando ella no estuviera? Su única
función en la vida fue tirar del carro; destapar un agujero para tapar otro,
con el único propósito de ayudar a su familia. Su muerte hacería sufrir a
quienes tanto había protegido y ella quería morir tranquila, sin que nadie la
llorase.
Darío y Damián, no se daban cuenta, pero
no la estaban ayudando en ese trance. Sí, ella aún respiraba y oía claramente
los sollozos de sus hijos… ¿Por qué no podían dejarla morir en paz? ¿Por qué
lloraban ellos que tenían la vida por delante para hacer lo que quisieran? Pero
no lo harían. Seguirían los pasos que marca la sociedad: nacer, crecer,
reproducirse y morir. Como las cucarachas.
Mientras luchaba por respirar, los pensamientos de que
había pasado por la vida sin vivir, entraban en mente con más facilidad que el
aire en sus pulmones. Si ella tuviera la edad de sus nueras… Qué diferente
sería su vida si hubiese podido volver a vivirla. Se iba con la pena de no
haber perseguido sus sueños. “¿Qué hubiera pasado si…?” era la pregunta que se
hacía una y otra vez. Si en lugar de con Marcos, se hubiese casado con su
vecino; aquel guapo mozo que se fue a ver mundo y volvió al pueblo jubilado,
con una buena fortuna y un bagaje de anécdotas y vivencias que lo hacían aún
más rico que su fondo económico.
¿Qué habría pasado si en vez de soñar con el día de su
boda, hubiese estudiado psicología? ¿Qué habría pasado si en las mil
bifurcaciones en el camino de su vida, hubiese tomado un camino diferente?
Sentía que la vida se le escapaba y nada tenía sentido. Había pasado por la
vida pero nunca vivió. Siempre hizo lo que dictaban las normas. Nunca pudo ser
ella misma. Y ahora se iba. ¿Quién cuidaría de sus hijos?
Luisa expiró y su último pensamiento fue: “De poder
volver a vivir, viviría de una forma distinta”.
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