sábado, 2 de agosto de 2014

La muerte de Luisa

Yacía sola en su cama, acompañada de sus dos hijos y sus respectivas mujeres. Dimas, el menor, sollozaba en un rincón de la habitación en semipenumbra. Joana, su mujer, intentaba consolarlo. Darío, el primogénito, estaba sentado en una silla a su lado. Parecía más preocupado que apesadumbrado por la inminente desaparición de su madre. Adriana, la esposa de Darío, daba órdenes a la enfermera, que hacía lo posible para que la moribunda estuviese lo más cómoda en sus últimos instantes
.

Cinco personas en la habitación donde Luisa había dormido cada noche desde que se casó hacía ya sesenta y seis años, y sin embargo, estaba sola. Su marido la había dejado atrás diez años antes. El cáncer se lo había llevado y con él se fue su otra mitad. No es que fueran uno de esos utópicos matrimonios que se aman toda la vida como el primer día, sólo que era la persona con la que había pasado más tiempo. Se casó con Marcos cuando tenía dieciocho años y desde entonces, él fue su otra mitad.

Cierto es que cuando se conocieron, se gustaron. El compromiso y la boda eran los pasos lógicos a seguir. Pero los años y los problemas hicieron que poco a poco, la pasión se tornase en compañerismo. En realidad, Luisa había cargado sobre sus hombros el cuidar de su familia. Marcos se limitaba a traer el dinero a casa. No es que fuera mucho, pero Marcos y Luisa se habían hecho con un pequeño patrimonio a base del esfuerzo de Marcos y la habilidad administrativa de Luisa.
Y allí estaba ella ahora; rodeada de sus hijos y pensando que ahora que se iba, le encontraba menos sentido que nunca a la vida. No quería morir. Era ya vieja y estaba cansada pero seguía siendo necesaria. ¿Cómo se las apañarían sus hijos cuando ella no estuviera? Su única función en la vida fue tirar del carro; destapar un agujero para tapar otro, con el único propósito de ayudar a su familia. Su muerte hacería sufrir a quienes tanto había protegido y ella quería morir tranquila, sin que nadie la llorase.

Darío y Damián, no se daban cuenta, pero no la estaban ayudando en ese trance. Sí, ella aún respiraba y oía claramente los sollozos de sus hijos… ¿Por qué no podían dejarla morir en paz? ¿Por qué lloraban ellos que tenían la vida por delante para hacer lo que quisieran? Pero no lo harían. Seguirían los pasos que marca la sociedad: nacer, crecer, reproducirse y morir. Como las cucarachas.

Mientras luchaba por respirar, los pensamientos de que había pasado por la vida sin vivir, entraban en mente con más facilidad que el aire en sus pulmones. Si ella tuviera la edad de sus nueras… Qué diferente sería su vida si hubiese podido volver a vivirla. Se iba con la pena de no haber perseguido sus sueños. “¿Qué hubiera pasado si…?” era la pregunta que se hacía una y otra vez. Si en lugar de con Marcos, se hubiese casado con su vecino; aquel guapo mozo que se fue a ver mundo y volvió al pueblo jubilado, con una buena fortuna y un bagaje de anécdotas y vivencias que lo hacían aún más rico que su fondo económico.

¿Qué habría pasado si en vez de soñar con el día de su boda, hubiese estudiado psicología? ¿Qué habría pasado si en las mil bifurcaciones en el camino de su vida, hubiese tomado un camino diferente? Sentía que la vida se le escapaba y nada tenía sentido. Había pasado por la vida pero nunca vivió. Siempre hizo lo que dictaban las normas. Nunca pudo ser ella misma. Y ahora se iba. ¿Quién cuidaría de sus hijos?

Luisa expiró y su último pensamiento fue: “De poder volver a vivir, viviría de una forma distinta”.

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