viernes, 16 de octubre de 2026

Georgina. Primera parte

I
Georgina veía el cómo cambiaba el paisaje a través de la lluvia en el cristal. El compartimento del tren en el que viajaba estaba atestado. El olor de los animales se mezclaba con el de pobreza humana. Un niño berreaba detrás de ella con una pasión que le estaba perforando los tímpanos. Pronto tendría que ser ella la que calmara el llanto de su propio hijo.

Ya se había recuperado del temor inicial que sintió cuando se encontró frente al monstruo metálico que expulsaba tanto humo que parecía que la niebla se hubiese colado en la enorme estación de Francia. Ella había sido testigo del alzamiento de aquel edificio tan moderno. Incluso se estaba acostumbrando al cambio en el paisaje que produjo la construcción de la estación que, si bien fue terminada hacía ya cerca de un año, se inauguró hacía tan sólo tres meses.

Pero verla por dentro era algo totalmente diferente. Era un amasijo de hierro y cristales. Modernista, decían que era. Apabullante era más cercano a la realidad que percibía Georgina. Era la primera vez que veía un tren y, de haber tenido motivos menos sólidos para irse, habría dado media vuelta y vuelto a casa de su tía. Pero no, temía más a Julia que a cualquier máquina, por infernal que pareciese.

El viaje hasta Calais era largo y pesado. Llevaba ya una semana de recorrido y cuanto más se acercaba a destino, más largo se le hacía. El temor y la sorpresa se habían vuelto tedio y hastío a la segunda jornada. Además se encontraba mal. Tenía nauseas constantemente y sentía una punzada en el vientre que le dificultaba ponerse en pie y mantenerse erguida. Aquellos bancos de madera le estaban rompiendo la espalda y las piernas se le agarrotaban.

Su espíritu estaba tan maltrecho como su cuerpo. Algunas de las mujeres que iban en el tren habían intentado trabar conversación con ella. Pero no tenía ánimos para hablar. No tenía ánimos para nada. Iba en busca de su amor, Peter, y ese era al único motivo de que se mantuviera cuerda. Rememoró cómo había sido su vida hasta que lo conoció. Gracias a él pudo recordar una sensación que había olvidado que existía: la de sentirse amada.

Cuando Georgina era pequeña sintió esa confortante sensación. Sus padres aún vivían y la colmaban de amor. Recordaba los paseos por las Ramblas aferrada a la mano de su padre; cuando la llevaba a jugar a la Plaza Real y ella corría entre los arcos que rodeaban la plaza de las palmeras, mientras su padre la vigilaba tomando una cerveza con gaseosa y conversaba con los otros habituales del lugar. Siempre le compraba alguna fruslería de vuelta a casa. Procuraba que no fueran chucherías porque si luego no se comía la comida que su madre había preparado, la bronca se la llevaban los dos.

—Desde luego, Juan, ella es una niña y no tiene conocimiento. Aunque le he dicho mil veces que nada de dulces antes de comer… —añadía su madre mirando a Georgina con reprobación — Pero tú, que eres su padre, tendrías que tener más cabeza.

—Pero Rosa, es que vuelve de estar saltando y jugando con los demás niños. Con tanto ejercicio y el olorcito que despiden las garrapiñadas… No tuve corazón de negárselas…

Por eso Georgina dejó de pedirle golosinas a su padre. Se contentaba con un globo o con una comba. Quería tantos a sus padres que le dolía ver a su madre enfadada y a su padre aguantando un chaparrón por culpa de ella.

Sí, fue muy feliz en la primera etapa de su vida. La única sombra en su paraíso era cuando venía su tía Julia a visitar a su madre. Aquella mujer atemorizaba a Georgina. Nunca la vio sonreír y jamás le dedicó una caricia o una palabra amable. Siempre evitaba encontrarse con su padre y, cuando se iba, su madre se quedaba unos días triste. Entonces no sabía qué pasaba, aunque, en los años venideros, su tía se complacería en contarle la historia varias veces y con todo lujo de detalles.
II

Rosa provenía de una acomodada familia que vivía en uno de los palacetes de la Avenida del Tibidabo. Su padre era el propietario de varias fábricas ubicadas en Hospitalet, el pueblo adyacente a Barcelona. Esto, sin duda, reportaba a la familia una posición acomodada, pero el grueso de la fortuna tenía un origen más oscuro que el humo de las fábricas en las que explotaba obreros. Se decía que el señor Rovira, regentaba varios de los prostíbulos más afamados del Raval.

El hombre, que tenía un porte y un trato militar en su casa, era un bala perdida cuando salía por la puerta. Los escándalos se levantaban a su paso; o se veía envuelto en una pelea de borrachos en uno de los cafés de mala fama del Paralelo por una de las chicas que hacían su espectáculo, o llegaba a casa con un ojo cerrado y el labio partido por haber apostado más de lo que llevaba encima en el canódromo.

 De todas las diversiones que ofrecía la descocada Barcelona de principios del siglo XX, de todas disfrutaba el señor Rovira con fruición. El juego y el alcohol era lo menos depravado que se contaba en el amplio abanico de sus preferencias. Todo esto Georgina lo supo por boca de otras personas, por supuesto, pero incluso se llegó a extender un rumor que incluía sexo, hombres rudos y látigos.

Y también llegaba a oídos de su sufrida y humillada esposa; una señora de mucho copete, enseñada desde la cuna para aguantar cuernos y palizas pero que jamás imaginó que tuviera que lidiar con las miradas compasivas de sus amigas del club de señoras. En parte para evitar esas miradas, en parte por creencias personales, la mujer dejó de acudir al club y empezó a frecuentar la iglesia. Poco a poco, la altiva señora se fue convirtiendo en una beata que veía al demonio en todos lados y especialmente en su marido. Intentó llevarlo a hablar con el cura, que se planteaba un exorcismo, y a cambio terminó con la nariz rota. Su marido le metió una paliza tan tremenda que estuvo varios días sin poder mover nada más que los labios, que se movían sin cesar repitiendo plegarias de ayuda y de perdón al señor.

La señora de Rovira inculcó la creencia en Dios a sus hijas. Rosa con cuatro años y Julia con seis, pasaban las tardes rezando el rosario y pidiendo al señor que perdonara los pecados de la familia. Rosa no entendía qué pecados cometía su familia, pues la mayor parte los integrantes se pasaban la vida en la iglesia o rezando.

Cuando las niñas se hicieron mayores, el señor Rovira se preocupó, al menos, de darles la educación más selecta para las señoritas de la alta sociedad que haría de sus hijas unas buenas amas de casa. Profesores a domicilio al principio, e internados en Francia, cuando fueron más adultas, se alternaban con la educación religiosa que su madre les procuraba como complemento.

Julia parecía poco interesada en la educación mundanal y se centró en la espiritual. Con dieciocho años, anunció que no necesitaba refinamientos vanos, pues quería ofrecer su alma y su cuerpo a Dios. La noticia de que quería hacerse monja fue recibida con gran algarabía por parte de su madre, sin embargo el padre la encerró en su habitación sin mediar palabra. Estuvo allí enclaustrada por espacio de dos semanas.

Una criada le llevaba cestas de pan y una jarra con agua.

—Dile a mi padre que agradezco su preocupación por mi alimentación. Su frugalidad me servirá para preparar a mi cuerpo cuando entre en el convento.

Al día siguiente recibió una bandeja rebosante de carne en salsa, encurtidos, dulces y vino.

—Dile a mi padre que agradezco su preocupación por el bienestar de mi paladar pero no necesito toda esa comida. El ayuno alimenta el alma y es pecado refocilarse con la comida.

En los siguientes dos días, no recibió más que la jarra de agua.

Su madre le hablaba a través de la puerta cuando el padre no estaba en casa:

—Querida, aguanta. Estás en el camino correcto. Reza para que Dios te dé fuerzas.

Y eso hacía Julia. Rezaba y rezaba, y mientras acallaba al gruñido de su estómago con más plegarias, se preguntaba cómo acabaría aquel encierro. Y la respuesta no tardó en llegar. Un miércoles por la tarde la puerta se abrió y no era la criada la que giraba el picaporte. La figura de padre apareció con el porte frío y recio de siempre.

—Arréglate y reúnete conmigo en mi despacho. Y no se te ocurra ponerte esos trapos negros que no se nos ha muerto nadie y no hacen más que realzar lo anodina y deprimente que eres.

Julia se sentía intrigada. Su padre nunca le había dado permiso para entrar en su despacho. Decía que allí sólo se hacían negocios y que las mujeres no sabían ni lo que era un libro de cuentas. Por temor a enfurecer más a su padre, se puso una sencilla blusa de algodón blanco y una falda marrón.

Cuando entró en el despacho vio que frente a su padre estaba sentado un joven. Pensó que se trataba de en una reunión con algún socio de las muchas fábricas y se disculpó:

—Perdón por la interrupción. Pensé que estaba solo, padre.

—Adelante Julia, pasa. No interrumpes nada, de hecho estábamos esperándote.

Entonces el joven se puso de pie y Julia lo reconoció. Era el hijo del dueño principal de la compañía que hacía la competencia directa a su padre. Ramón era un joven obeso y paliducho. Su piel estaba siempre cubierta por una película de sudor, incluso cuando hacía frío, y su escaso pelo tenía siempre un aspecto aceitoso.

—Ya conoces a Ramón, así que huelgan las presentaciones. Todo lo que necesitas saber es que ya he realizado los trámites pertinentes y el domingo se celebrará la misa que os unirá en santo matrimonio.
Julia entró en pánico. Gritó, lloró y suplicó pero de nada le valió. Cuando vio que nada de esto conmovía a su padre, amenazó con quitarse la vida. Su padre río y le recordó que eso era pecado. Y así fue como Julia se encontró casada con aquél repugnante ser lascivo y que, aparte de parecer un cerdo, comía como tal.

Rosa vivió todo este drama apenada. Su hermana y ella no tenían mucho en común, pero aun así la quería y le daba mucha lástima pensar que, de todos los hombres atractivos que había en Barcelona, su padre hubiese escogido al más repugnante. A raíz de esto comenzó a preocuparse.

—Padre, yo también me acerco a la edad casadera, ¿también escogerá usted un marido para mí?

—Por supuesto, pequeña. Pero no temas, a ti te buscaré un marido más acorde contigo. Julia se merecía un hombre como Ramón por querer ir en contra de mis deseos y, además, a mí me convenía una alianza con su familia, para los negocios. Pero tú no temas, eres mi niña especial. La más dulce y bonita. Tú mereces un príncipe que te cuide como yo querría cuidarte para siempre.

—¿Y podría escoger yo a mi propio marido? —pregunto Rosa esperanzada.

— Confíaré en tu buen criterio. Al fin y al cabo la moneda de cambio fue tu hermana. Tú eres mucho más lista que ella y sabrás lo que más nos conviene a todos.

Rosa se sintió feliz. Su hermana Julia ya no estaba para sermonearla por querer llevar vestidos bonitos, leer otros libros que no fueran la Biblia y soñar con amar y ser amada. Ella había heredado el atractivo de su padre y, a menor escala, por supuesto, las ganas de vivir y ser feliz. No quería enterrarse en iglesias oscuras. La religión la asustaba, pues siempre tenía la ira de Dios sobre su cabeza. Ella no era mala. Sólo le gustaban las mismas cosas que al resto de las chicas de su edad.

A Julia sólo la veían los domingos en misa. Iba siempre enfundada en sus ropas negras y sólo saludaba a su madre. Con su padre no volvió a cruzar palabra y a Rosa la miraba con desprecio.

—Eres igual que padre — le dijo una vez— utilizas tu belleza y tu falsa dulzura para encandilarlo. No eres más que una ramera. Algún día acudirás a mi cuando tus pecados te superen y no sepas cómo manejarlos. No te preocupes, eres mi hermana y nunca podría fallarte. Tu castigo me ayudará a estar más cerca de mi salvación. El perdón es el mejor camino al cielo.

Rosa se quedaba con la sensación de que su hermana había visto su destino y la zozobra la mantenía intranquila por unos días. Pero era joven, alegre y bonita y pronto se olvidaba de las lúgubres palabras de su hermana. Se limitó a dejar de ir a misa a la misma hora que ella y la evitaba todo lo que podía.

Pasaron unos meses y entró a trabajar como jardinero un mozo alto y moreno, un poco más mayor que Rosa. Juan se llamaba. Al principio Rosa se sentía intrigada por aquel muchacho, que irradiaba una felicidad y una alegría que a Rosa se le antojaba poco acorde con el estado de ánimo de los pobres.

A fuerza de verlo, cada vez se sentía más atraída hacia aquel jardinero que siempre exhibía una blanca sonrisa y que no parecía que el trabajo le pesase. Un día se atrevió a abordarlo:

—Pareces siempre tan contento. ¿Cómo es posible que siendo pobre seas feliz?

—¿Y por qué no iba a ser feliz? ¿Se ha dado cuenta de la belleza que nos rodea?

Rosa observó el verde césped perfectamente cortado; los macizos de flores de todos los colores y formas; los aromas de los rosales embriagaban los sentidos. La fuente de mármol que escupía el agua reciclada del pequeño lago, tenía a sus pies peces de colores y nenúfares blancos; los helechos caían de los balcones formando una especie de selva lujuriosa y exótica.

—La felicidad está en la belleza. Cuando creamos belleza, nos sentimos felices porque hacemos del mundo un lugar más agradable. ¿Por qué no iba a ser feliz?

—Pero si no tienes dinero…

—El dinero es algo que cuánto más tienes, más desgraciado te hace. Sufres por preservar tu patrimonio. Necesitas un heredero que administre y engrose la fortuna. Temes que suceda algo que convulsione el país y que te vayas a dormir siendo rico y te despiertes arruinado. A mí no me falta la comida e incluso puedo irme de verbena de vez en cuando. ¿Qué más puedo pedir?

Poco a poco Rosa comenzó a pasar más tiempo con Juan y, lo que empezó como una amistad, no tardó en convertirse en amor. Rosa comprendía que su padre no aceptaría la boda, pero ella no quería pasar el resto de su vida con ningún otro hombre. Decidieron realizar los preparativos de la boda sin que nadie de su familia se enterase. Cuando el enlace fuera un hecho, su familia no tendría más remedio que aceptarlo. No sabía cuan equivocada estaba.

Su madre la acusó de fornicadora y a Juan de arribista. Pero lo peor fue la reacción de su padre. Primero llenó de improperios a la pareja, acusó a Juan de haber seducido a su hija con la intención de hacerse con la fortuna familiar.

—No recibiréis ni un real del imperio que tanto me ha costado levantar—gritó furibundo— Desde hoy repudio a esta zorra como hija mía. Te has casado con un pobre, pues como pobre vivirás.

—Padre, no es el dinero lo que nos ha unido a Juan y a mí—explicaba Rosa intentando aplacar a su padre —, nos queremos sinceramente. Compréndelo.

—Lo único que comprendo es que este sinvergüenza se ha aprovechado de tu inocencia y tú me has demostrado que me equivocaba al confiar en ti. ¡Y ahora largo de mi casa antes de que me lie a tiros con este desgraciado malnacido!

Rosa y Juan emprendieron su vida en común en un modesto piso situado en la calle Platería. Era pequeño y viejo, pero podían vivir entregados el uno al otro. Rosa no echaba de menos los lujos superficiales porque tenía un hombre que la adoraba y la comida no faltaba.

Sus padres no quisieron volver a saber nada de ella, pero Julia se presentó en su casa un día por la mañana. Rosa se alegró tanto de ver a alguien de su familia, que no reparó en que su hermana no le dio ningún beso ni hizo el más leve atisbo de acercarse a ella.

—¡Julia! ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás? ¿Cómo están padre y madre? ¿Me han perdonado ya?

—No te hagas ilusiones, Rosa. Padre tuvo una apoplejía cuando te fuiste. Está postrado en una cama medio paralizado.

—¡No puede ser! Pero, ¿cómo está? ¿Se pondrá bien?

—Los médicos no dan muchas esperanzas de que se recupere. Tú has sido el fuego que ha encendido la mecha que él mismo se puso con su vida disoluta y pecaminosa. Pero he venido a verte porque, como te prometí una vez, no te voy a dejar sola. Has cometido un error por la lujuria que te provocó ese hombre pero yo rezaré por la salvación de tu alma. Debes hacer lo mismo.

—No te atrevas a decir que mi matrimonio es pecaminoso, Julia. Eso no te lo permito. Nos hemos jurado amor ante los ojos de Dios y estamos casados con su beneplácito.

—Puedes intentar engañarte a ti misma, pero los motivos que movieron este matrimonio fueron pecaminosos. Dios lo sabe, y nada excepto el arrepentimiento te podrá salvar.

Rosa desistió de seguir discutiendo con su hermana. Era una fanática que se escudaba tras el Dios vengador y lleno de ira.

Esta visita que le dejó un mal gusto de boca se repetiría durante los siguientes años. Su hermana siempre acudía para ponerla al tanto de las desgracias de la familia. “Padre se ha arruinado”, “Madre está enferma”… Y nunca se marchaba sin acusarla de que por sus pecados, la ira de Dios había caído sobre su familia.


Pero Rosa y Juan seguían con su vida de amor y felicidad que fue colmada cuando nació Georgina.  

sábado, 2 de agosto de 2014

La muerte de Luisa

Yacía sola en su cama, acompañada de sus dos hijos y sus respectivas mujeres. Dimas, el menor, sollozaba en un rincón de la habitación en semipenumbra. Joana, su mujer, intentaba consolarlo. Darío, el primogénito, estaba sentado en una silla a su lado. Parecía más preocupado que apesadumbrado por la inminente desaparición de su madre. Adriana, la esposa de Darío, daba órdenes a la enfermera, que hacía lo posible para que la moribunda estuviese lo más cómoda en sus últimos instantes

miércoles, 30 de julio de 2014

La maldición de las amazonas

El momento más temido se acercaba. Diana notaba que las contracciones eran cada vez más seguidas y dolorosas. “Que sea otra niña — rogaba en medio de los dolores— por favor, Señor, no me mandes un varón”. Este ruego se había convertido en un mantra desde que supo que estaba embarazada de nuevo.
En la primera ocasión tuvo suerte; fue una niña sana y robusta. Era la alegría de su vida. Había intentado por todos los medios no volver a tentar al destino quedándose embarazada, pero su marido, André, quería aumentar la familia y sobre todo quería un heredero. Diana había intentado explicarle a su esposo la maldición que arrastraba su familia.
-       ¡Eso son cuentos de viejas! — respondía André dando un manotazo al aire, como si apartase un molesto mosquito. Luego su semblante se tornaba severo y añadía:
-       Debemos tener muchos hijos, como manda Dios: “creced y multiplicaros”. Y además, alguien tendrá que heredar la plantación y las tierras. Aunque sean hectáreas infectas por los insectos del bayou, nos dan buenos réditos. Somos la aristocracia de Lafayette. ¿Qué pasará con nuestro patrimonio si no me das un varón que lo pueda administrar y enriquecer más, si cabe? Te lo digo muy en serio, Diana, o te dejas de esas tonterías de no querer tener más hijos o anulo el matrimonio.
Diana sabía que su muy católico marido hablaba en serio. Para él había dos cosas sagradas, su religión y su patrimonio. El criollo André, seguía respetando las tradiciones de sus antepasados franceses y desechaba los ritos cajún como supercherías paganas. Ella, cajún de pura cepa, confiaba más en la traiteur, que en cualquiera de esos médicos pertrechados de aparatos extraños y medicamentos novedosos que curaban casi cualquier dolencia.
Si André supiera que había estado tomando las hierbas que evitaban el embarazo, la habría repudiado inmediatamente. Pero era cuidadosa y sabía que podía contar con la discreción de la Marie, la traiteur. Pero esta vez las hierbas no dieron resultado. De cualquier forma, allí estaban Marie y ella, ambas rezando a todos los espíritus para que las ayudara a burlar una vez más la maldición, mientras André esperaba ansioso por saber el sexo de su nuevo vástago.
Diana, en medio de la nube de dolor, observaba la mueca que ensombrecía el rostro de Marie. Ambas sudaban a mares. En aquella amplia habitación, con los amplios ventanales de doble hoja abiertos de par en par, no alcanzaba a correr una sola brizna de la brisa de los pantanos. El día comenzó soleado pero fresco. A medida que iban avanzando las horas, se nubló y el suave viento había parado. Hacía un bochorno espeso que agobiaba a la parturienta más de lo que ya estaba. A lo lejos se oían retumbar los truenos que anunciaban tormenta.
-       ¿Qué pasa, Marie? — preguntó Diana cada vez más angustiada por la preocupación pintada en el rostro de la curandera.
-       Algo no va bien. Había sangre en las aguas del parto y se avecina una tormenta. Esperemos que al menos rompa después de nacer el niño, sería lo menos malo.
El parto duró un par de horas más. Justo en el momento en que el bebé coronaba, un rayo rajó el cielo iluminando la habitación en sombras y el estruendo hizo estremecer la palangana con el agua que refrescaba la frente de Diana. Comenzó a caer una lluvia fina que se fue tornando en aguacero para cuando Marie sacó al niño por completo.
-       Lo siento, Diana… es un niño… un niño nacido con la llegada de la tempestad. Su destino está abocado a la violencia. La maldición seguirá a este niño hasta la tumba.
Diana rompió a llorar. Abrazaba al pequeño y sentía un dolor semejante al que sentiría si hubiese nacido muerto. Y es que así era. Su pequeño estaba condenado a la muerte antes de cumplir el año. La maldición que había perseguido desde tiempos remotos a las mujeres de su familia no acabaría nunca. Ignoraba el origen pero era innegable que todos los varones que parieron las antepasadas de Diana, corrieron la misma suerte.
Entendía ahora el sufrimiento y la amargura que habían marcado la personalidad de su madre y su abuela pues habían visto cómo sus hijos, el fruto de sus entrañas, morían en accidentes horribles. Ella misma fue testigo, junto a sus seis hermanas, de cómo su hermanito de siete meses, que aprendía a gatear en ese entonces, era decapitado en el jardín con el cristal de una de las ventanas de la casa que se había roto inexplicablemente. Otro, se aventuró demasiado en dirección a la escalinata que llevaba al jardín trasero y su cuerpo quedó retorcido en una postura horrible.
Y ahora algo espantoso le iba a ocurrir a su pequeño y ella no podría hacer nada para evitarlo. Diana se desesperó. Sentía la pena y la impotencia que debieron sentir su madre y su abuela antes que ella. Pero algo habría que se pudiera hacer. Ella no podía resignarse a esperar que la cosita tierna que apretaba contra su pecho tuviera un fin tan espantoso.
Marie, cogió al niño para limpiarlo y anunciar al padre el nacimiento. André entró en el cuarto exultante y se quedó asombrado al ver a su mujer llorar desconsolada.
-       ¿Qué pasa, Diana? ¿Está bien el niño? Marie me ha dicho que es un niño sano. ¿Dónde está? ¡Quiero ver a mi heredero!
Al oír estas palabras, Diana lloró con más fuerza.
-       ¡Ay, André! Nuestro hijo no sobrevivirá para heredar nada. Está escrito que morirá antes de un año. ¡Por eso no quería tener más hijos! No quería tener que pasar por este infierno…
-       ¡Maldita sea! Estoy harto de tus supersticiones blasfemas. Maldiciones… ¡Maldición la que me tocó a mí por casarme con una cajún! Y ahora quiero ver a Pierre André.
Mientras André contemplaba orgulloso a su progenie, Diana pensaba desconsolada en sus hijos. Pierre no llegaría a la adolescencia y su hija… su hija cuando fuera madre tendría que vivir con esa pesadilla toda la vida. No podría ser feliz disfrutando de la ilusión de ser madre por temor a tener varones y, luego, cuando los tuviera, sufriría como ella estaba sufriendo ahora. ¡Condenada maldición! Ella tendría que pasar por ese suplicio pero no iba a permitir que Belle, su hija, tuviera que pasarlo también. Haría lo que hiciese falta para acabar con todo aquello de una vez por todas.
Diana paseaba por la biblioteca. Aquel vasto imperio de estanterías que iban del suelo al techo, lleno de libros de todos los tipos y épocas, no estaban dándole las respuestas que buscaba. Poesía, ensayos, tratados científicos y la Biblia. Nada de leyendas, ni orígenes de maldiciones. ¿Qué otra cosa podía esperar que tuviera André? Pero alguien debía saber; en algún sitio debían estar las respuestas.
Marie fue a visitarla para ver cómo estaban el niño y ella. Hacía un mes que Pierre llegó al mundo pero la madre no estaba tan recuperada como cabía esperar. Ella sentía que la recuperación de Diana se retrasaba por su estado de angustia, y con eso poco podía ayudar. Pero aun así, se preocupaba por la muchacha que había traído al mundo veinte años atrás. La madre de Diana y ella fueron como hermanas hasta en la pobre mujer murió en el último parto cuando alumbraba al séptimo varón, que tampoco sobrevivió. Desde entonces, Marie había tomado bajo su protección a las hijas de su amiga, desde lejos, sin que se dieran cuenta. Pero Diana era especial. Sentía en ella una fuerza que ninguna de las otras mujeres de su familia tenían y la seguía muy de cerca.
Aquella tarde, cuando Marie entró en la sala de recibo de la plantación, vio a Diana que ya la esperaba con un juego de té preparado sobre la mesa de hierro forjado. Estaba sentada frente al balcón redondo y los rayos del sol que atravesaban la cortina de seda roja, la bañaban en una luz rojiza. De su cuello manaba sangre a borbotones salpicando las paredes. Pierre yacía muerto en su regazo con la cabeza abierta por la mitad; la sangre de ambos se mezclaba y lo inundaba todo. Diana la miró y sonrió:
-          Marie, querida, ¿qué haces ahí plantada? ¿Necesitas permiso para entrar?
Marie parpadeó y vio que no había luz roja, ni sangre, ni nada anormal. La luz del sol entraba por el visillo blanco de chifón y Diana, a parte de las ojeras intensas en sus ojos, tenía un aspecto normal. Pierre se mordía los puñitos y daba patadas al aire, ajeno a lo que el destino le deparaba.
-       Diana, — la interpeló Marie acercándose rápidamente — lo he visto. Sé lo que tienes que hacer para romper el maleficio. Sólo tú puedes ponerle fin o no habrá paz para ninguna mujer venidera de tu estirpe.
-       ¡Dímelo! ¿Qué he de hacer? Haré cualquier cosa, lo que sea para salvar a mi niño.
-       Para Pierre no hay salvación. La tempestad durante su nacimiento es una señal inequívoca, pero puede ayudar a Belle, puedes hacer que ella no tenga vivir con el miedo y la pena.

Diana se angustió. Su pequeño Pierre... nada había que pudiera salvarlo. Su destino estaba sellado. Pero si podía liberar a Belle y quizás a ella misma… Podría darle el heredero ansiado a su marido y ella deseaba fervientemente tener más hijos.
-       Haré lo que sea — dijo decidida.
-       Tendremos que ir a Nueva Orleans —indicó Marie — yo sólo soy una curandera a la que los espíritus revelan cosas menores. La reina del Vudú de allí nos dirá qué hacer.

Diana pretextó ante André que se hallaba totalmente repuesta y que ahora que todo había pasado, veía lo tonta que había sido por creer en supercherías. Quería comprar una cuna digna del heredero de Le Royal, la plantación, y hacer compras para el niño y ella misma. André entusiasmado por el hecho de que su mujer entrase por fin en razón y comenzará a actuar de acuerdo a su posición, no le puso ningún reparo.
Cuando llegaron a Nueva Orleans, Diana no se sentía con ánimos de comprar nada. Quería acabar con aquello cuanto antes y volver al lado de Pierre a disfrutarlo todo el tiempo que aún lo pudiera tener. Metió prisa a Marie y fueron directamente a casa de Mama Madou, la reina del vudú.
Les hicieron esperar en una sala pequeña y oscura. Una cortina de tiras hecha de lo que parecían ser huesecillos, separaba aquella sala de donde las recibiría Mamá Madou. En el aire flotaba un olor extraño que las sumía en un estado de somnolencia. Finalmente, tras un buen rato de espera, apareció la misma muchacha mulata que las había recibido y anunció que Mamá Madou estaba lista para atenderlas. En cuanto Diana traspasó la cortinilla la voz de la sacerdotisa tronó en la estancia.
-          ¡La maldición de las amazonas te persigue!
Diana se quedó sin palabras; quieta en el sitio. No sabía qué decir, no sabía qué hacer.
-       Ven, hija, deja que los espíritus y yo te veamos bien. — dijo Mamá Madou a la vez que las invitaba con un gesto de su mano a tomar asiento frente a ella.

Diana estaba temblorosa pero sabía que por fin le darían las respuestas a sus preguntas y aunque quería realizarlas todas cuanto antes, permaneció sentada callada a la espera de que Mamá Madou dijera algo más, pero ésta se limitaba a observarla fijamente, traspasándola con una mirada que la ponía más nerviosa. Finalmente cerró los ojos y agachó la cabeza. Permaneció así un tiempo más y por fin levantó la mirada de nuevo a Diana.
-       Los espíritus están furiosos. Dicen que una antepasada tuya rompió el pacto y quieren que se cumpla con él.
-       Yo… yo haré lo que sea necesario. No tengo ni idea de qué hizo alguna de mis antepasadas, pero creo que ya hemos pagado con creces lo que ella cometiera. ¡Yo no tengo la culpa! Sólo quiero que mi hijo crezca y sea feliz.
-       Sólo la sangre podrá redimir la afrenta que en su día se le hizo al espíritu que protegía a las amazonas.
-       Pero, ¿qué afrenta tan terrible fue esa que nos persigue a las mujeres de la familia tantos siglos después?
-       Sabrás — comenzó Mamá Modou —, que las amazonas eran una tribu de guerreras, que tan sólo consentían el contacto necesario para reproducirse y tener descendencia a la que entrenaban desde pequeñas para que sucedieran a sus madres en la batalla. Cuando por desventura nacía un niño, este era sacrificado inmediatamente. De esta forma, las amazonas mantenían su unidad femenina y lo entregaban al espíritu o a la diosa Artemisa, a la que veneraban, y ésta las protegía a cambio. Pero una mujer, antepasada tuya, tuvo la osadía de romper ese pacto. La reina de la tribu temió atraer las iras de la diosa sobre el poblado y maldijo a tu antepasada y a toda su descendencia a que todos los varones que nacieran muriesen antes del año. Para romper la maldición, aquella sangre que no se ofreció en sacrificio debe ser restituida. No hay otra manera.
Estas palabras se clavaron como un puñal en el corazón de Diana, que aún albergaba la esperanza de poder salvar a su pequeño. Todo en ella se revelaba contra aquella sentencia que era inadmisible para cualquier madre. Con los ojos llenos de lágrimas y una voz desgarrada de dolor, Diana realizó la espantosa pregunta:
-       ¿Cómo y cuándo debe realizarse el sacrificio?
-       Lo antes posible — respondió Mamá Madou — tu hijo puede ser alcanzado por la ira del espíritu en cualquier momento y para ti será más terrible cuanto más tiempo pases junto a él. Marie, ha sido tu protectora, como cada una de tus antepasadas tuvo a una hechicera que la protegiera y guiara en la restitución del sacrificio. Sólo tú has tenido la fuerza necesaria para romper la cadena de horror y muerte, y Marie te ha guiado hasta aquí. También ella sabe qué hacer a partir de ahora.
El abatimiento predominó en el cabriolé de vuelta a casa. Diana y Marie apenas cruzaron palabra. Lagrimas silenciosas resbalaban por las mejillas de Diana, que se aferraba a su pañuelo como si así pudiera mantener a su hijo con vida. Marie no se atrevía a confesar que desde que pronosticó el último embarazo de Diana, sueños y presentimientos la habían acosado, haciéndole saber que ese momento llegaría.
Cuando se acercaban a la plantación, Marie decidió romper el silencio con todo el dolor de su corazón.
-       Tendríamos que hacerlo esta noche, pequeña. Tu marido no entenderá que vuelvas de Nueva Orleans sin nada comprado y con más tristeza de la que llevabas cuando te fuiste. Serían precisas muchas explicaciones que estoy segura que no tendrás cuerpo de dar.
-       Tienes razón, Marie — contestó Diana clavando su mirada suplicante en la anciana — pero yo no puedo…
-       Debes hacerlo tú, Diana. Yo lo haría por ti, pero eso no serviría de nada. Esta noche, nos adentraremos en el pantano, rogaras al espíritu que te perdone y le ofrecerás la sangre de tu estirpe para que se limpie la afrenta. Así es cómo se debe hacer.
Diana entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación de juegos de Pierre. Lo observó mientras agitaba su sonajero y comenzaba a lanzar intentos de carcajadas. La cuidadora le informó de que era la hora de la siesta.
-          Yo me ocupo — le informó Diana.
Lo acunó contra su pecho y mientras le cantaba una canción de cuna, sentía que crecía dentro de ella la certeza de que su deber era proteger a bebé al que había dado vida, no arrebatársela. Si pudiera ser su sangre la que limpiase la afrenta, gustosa se sacrificaría ella en lugar de su niño. De repente se le iluminó la cara. Dejó a Pierre en su cuna y fue a ver a Belle. Pasó la tarde con su hija y después de cenar, cuando la metió en la cama, la arropó bien y le dio un beso en la frente.
-       Pase lo que pase, cariño, no olvides que lo hago todo por ti. Quiero que seas feliz toda tu vida y que tengas muchos hijos a los que les hablarás de mí. Sé que aún eres muy pequeña y que no me recordarás cuando crezcas pero Marie te hablará de mí y te cuidará si yo no estoy.
A André le dijo que salía a dar un paseo por el pantano. Era una noche calurosa y no podría conciliar el sueño. A su marido no le extrañó esa petición. Su mujer se había criado entre caimanes y pantanos. Sabía que a veces le gustaba pasear por la noche, especialmente cuando estaba nerviosa por algo.
Diana cogió a Pierre, lo metió, dormido aún, en su cochecito y se encaminó al pantano donde se había citado con Marie. Al llegar, la anciana la estaba esperando. Parecía tan triste como si fuera su propio hijo el que estuviera a punto de ser sacrificado.
-       Diana, ya sabes lo que tienes que hacer. Ruega y adéntrate en el pantano con el niño. Reza y el espíritu acudirá.
Diana se adentró en el pantano con Pierre en brazos. Rogó al espíritu su perdón y ofreció su sacrificio. Cuando acabó su plegaría, todo quedó en silencio por un momento. Todo el pantano parecía contener la respiración. Diana sólo podía oír el latido de su corazón que iba cada vez más rápido, y esperaba que sus ruegos fueran oídos.
Un caimán apareció entre las aguas oscuras. Sólo el brillo de su iris amarillo, atravesado por la pupila vertical, dio muestras de su presencia. Nadó hasta donde estaba Diana con Pierre y cuando llegó ante ellos se detuvo. Sus ojos iban del niño a la madre y de la madre al niño, pero no realizó ningún movimiento. Diana se acercó a la orilla lo más deprisa que pudo y dejo a Pierre en tierra. Tan pronto como el niño estuvo a salvo, el caimán se lanzó contra Diana, tiñendo las negras aguas con la sangre de Diana.
Marie observaba aterrorizada. El caimán desapareció tal como había llegado: de repente. Parecía que todo hubiese sido una pesadilla. Marie se agachó para coger a Pierre. El niño vomitó. Fue un vómito negro y viscoso. La maldición había sido expulsada de su cuerpo. El espíritu había aceptado el sacrificio de su madre, la sangre de la estirpe, al fin y al cabo. A ella sólo le restaba ver crecer a los hijos de Diana y amarlos como lo hubiera hecho su madre.


La casa en el lago

Penélope estaba enferma. El doctor Grey, de Oxford Street, una eminencia en enfermedades mentales femeninas, le había diagnosticado “crisis nerviosas con episodios de alucinaciones”. Aconsejó su ingreso en un sanatorio mental lo antes posible, algo a lo que Homer, su marido, se opuso y sugirió como alternativa pasar un tiempo en un lugar más tranquilo que Londres. Quizás la paz del campo contribuiría a calmar los nervios de su esposa.

Las herramientas de la sabiduría

I
Quizás si nunca hubiera abierto aquél libro mi vida hubiera seguido su monótono e insustancial curso. No sabía lo que me esperaba entre aquellas páginas y mucho menos lo que iba a desencadenar aquella novela. Ahora, echo la vista atrás al momento en que me sumergí en aquella lectura, y sé que aunque dar marcha atrás, volvería a repetirlo todo, punto por punto pese a lo que aconteció.


Mi destino me encontró aquella tarde en la que, con unas largas vacaciones por delante, decidí matar el tiempo paseando por mi adorado Barrio Gótico, en Barcelona. Planeaba perderme entre sus callejuelas, en el laberinto de la antigua judería tras la Catedral y ver los palacetes de la calle Montcada. Sin embargo, al bajar por Portal del Ángel y girar en la calle Canuda, me sedujo el aspecto de uno de los escaparates de los muchos que allí se veían. Era como mirar a través de una ventana hacia el pasado: era una librería de viejo.
Entré y me asaltó el maravilloso olor de los libros con muchos años y muchos dedos encima. Paseé la mirada por los montones de libros apilados hasta que me topé con un tomo de grandes letras que otrora debieron ser doradas, pero que ahora se veían de un color oro viejo. Argentina y sus grandezas de Vicente Blasco Ibáñez. Me acordé de mi querido abuelo, que siempre andaba con algún libro de ese autor en las manos y decidí comprarlo.
Lo devoré en dos tardes. Me vi deambulando por las calles porteñas y casi podía oír un nostálgico tango de fondo. Al acabarlo sentí como si hubiera despertado de un profundo y hermoso sueño y me golpeara la realidad. Quería volver a mi sueño. Quería volver a Argentina. A partir de ese momento, empecé a buscar libros que volvieran a llevarme por esa ciudad de calles empedradas, de cafés con sabor a antiguo y de farolas de luz amarillenta. Tanto llegué a leer sobre la fascinante Argentina que estaba convencida de poder moverme por Buenos Aires con la destreza de cualquier lugareño.
Pocos meses más tarde tuve la oportunidad de poner a prueba esa certeza. Con la llegada de la crisis, el sector en el que trabajaba — el turístico — fue de los primeros en acusarla  Tras ocho años de dedicación a la empresa, el finiquito ascendía lo suficiente como para permitirme cumplir un sueño. Era ahora o nunca, así que pasé por alto lo que me dictaba la razón y por primera vez en mi vida seguí un impulso sin pensar en las consecuencias. Compré un billete de ida a Buenos Aires sin contemplar la fecha de mi regreso.
Preparé el viaje con una mezcla de emoción y pena; me sentía triste por dejar a mi familia que, acongojada, me aconsejaba prudencia. Administrarme el buen peculio y estirarlo lo máximo posible mientras encontraba otro trabajo. Pero a pesar de saber que sus consejos eran lo más sensato, nada hubiera podido retenerme.
El 8 de enero estaba en el vestíbulo del aeropuerto, cargada con la maleta más grande que tenía y mirando descorazonada el tablón de información de vuelos que indicaba que, debido al mal tiempo, mi avión no despegaría hasta el día siguiente, como pronto. Los pasajeros tendríamos que pasar la noche en tierra. Poco a poco, la terminal fue quedando vacía a medida que se adentraba la noche y las familias con niños, y mayores posibles económicos, buscaban un hotel donde dormir cómodamente. Yo me instalé lo mejor que pude en una sala cercana a la cafetería y saqué del bolso mi sempiterna novela.
II
Contaba que muchos años antes de que los españoles pisaran tierras americanas, las tribus guaranís, que hasta ese momento habían guerreado ferozmente entre sí, habían establecido un precario pacto de paz y unión, dando forma a algo similar a un país. Los soldados se retiraron y surgió a un grupo de sabios que fueron llamados karaí, que en su lengua de origen, designaba a quienes poseían poderes mágicos. Los karaí eran respetados por las tribus pues muchos eran clarividentes.
De entre todos ellos el más notorio era Avati, Los señores de los poblados lo admiraban y, secretamente, lo envidiaban. Querían tener su infinita sabiduría y cuando el anciano los visitaba, tras  escuchar sus consejos y profecías, siempre le hacían la misma pregunta:
-  Avati, ¿de dónde proviene tu gran inteligencia?
-  La sabiduría está al alcance de cualquiera persona, se rica o pobre. Débil o sano. Poderoso o sirviente. — respondía Avati —. Sólo precisa de las herramientas adecuadas para ser tan sabio como yo. Aunque no cualquiera es merecedor de hallarlas, y desde luego, no todos saben hacer uso de ellas.
-  ¿Qué herramientas son esas? — inquirían.
-  El qué carece de importancia. Es el cómo lo importante, por eso se encuentran bien custodiadas en un lugar de difícil acceso, aunque no imposible, para aquel que sea realmente merecedor de tal tesoro.
-  ¡Dinos donde se encuentran, anciano! No queremos estar llenos de dudas y necesitamos la sabiduría completa para guiar a aquellos que dependen de nosotros.
-  Sólo puedo decir  que “en medio de un océano de hielo, donde el frío quema, se esconde la mayor arma que el ser humano puede esgrimir”. El acceso es difícil y únicamente quien realmente lo merezca, lo alcanzará.
Y tras estas enigmáticas palabras Avati proseguía su camino.
Jetý era el avaro jefe de una de las tribus. Un día al escuchar a Avati, pensó de esta manera:
-  Si me hiciera con esas herramientas, sin duda mi inteligencia no tendría límites. Podría gobernar incluso sobre los otros poblados sometiendo a sus jefes y sería venerado y temido por todos. Manejaría a mi antojo a los habitantes de todos los pueblos guaranís y así, obtendría lo mejor de cada uno.
Con este plan en mente, Jetý reunió a un grupo de hombres para iniciar una expedición en busca de las Herramientas. Escogió a cuatro de sus esclavos más fuertes y se aprovisionó de cantidades ingentes de comida.
A oídos de Andaí, señor del poblado vecino y eterno rival de Jetý, llegó el rumor de la expedición. Se espantó al pensar en el poder que adquiriría su enemigo y, viendo peligrar su posición, decidió que a toda costa debía impedir a Jetý apoderarse de las Herramientas. Planeó matarlo pero luego se dio cuenta de que a cualquier otro jefe se le podía ocurrir la misma idea que a Jetý y poner en igual riesgo su mandato. A menos que fuera él el en dar con ellas y las destruyera…
Pensando así, se puso en camino antes que su vecino. Partió sin compañía ese mismo amanecer con unas pocas viandas, para aligerar la carga. Viajando solo y ligero adelantaría más. Cazaría cuando fuera menester y los bosques y ríos le proveerían de lo necesario. Lo que ignoraba Andaí es que Jetý había ordenado botar un barco, pequeño pero muy veloz, y así, aunque partió días más tarde, en pocas jornadas dio alcance y dejo atrás a su rival.
Uno a pie y el otro por mar, ambos se dirigieron al sur. Algunos viajeros se habían aventurado a tierras lejanas y volvían contando historias de un lugar por allá abajo, donde todo era blanco y frío. Decían que del mar surgían enormes montañas heladas que al tocarlas parecían de fuego.
A esta tierra inhóspita llegó Jetý y mandó a dos de sus esclavos en busca de las Herramientas. Los desdichados eran maltratados y apenas se les alimentaba, temían al orondo y tirano amo y no se atrevieron a contradecir la orden. Entre quejas y lamentos se fueron a cumplir la tarea encomendada, muertos de hambre, miedo y frío. Volvieron al cabo de quince días. Habían dado con la cueva donde se hallaba el codiciado tesoro pero estaban más famélicos que cuando se fueron.
-  Denos más comida, jefe. Hemos cumplido su encargo al que nos mandó sin abrigo y sin comida. Pudimos pescar algo pero ese frío horrible nos ha dejado muy debilitados.
-  No tendréis recompensa por cumplir vuestra labor. Comed la ración que os corresponde y no quiero oír más lamentos. ¡Vagos!
Los esclavos observaron que el jefe, bien aprovisionado de deliciosos alimentos, lejos de estar demacrado, lucía más lustroso aún a causa de pasar el día tumbado degustando unos y otros manjares.
Jetý, acompañado de los esclavos restantes, siguió las indicaciones que le dieron los otros dos desventurados y pronto llegó a la base del escarpado glaciar por el que tendría que escalar hasta alcanzar la cúspide. Allí estaba la gruta que albergaba las Herramientas. Jetý comprendió entonces las palabras de Avati en lo que se refería al difícil acceso, aunque, se recordó, no imposible para quien las mereciera.
Ordenó hacer picos afilados con los huesos de los animales que había devorado previamente, luego ató el extremo de unas pieles a la cintura de un esclavo, y el otro extremo en la del otro. Quedó una suerte de hamaca en la que se instaló él, junto con algunas delicias que cogió para el camino, y dio orden de iniciar el ascenso.
-  Pero amo, estamos muy débiles — protestaron los cautivos—. No podemos ascender cargando con nuestro peso y el vuestro. Si no hubierais alimentado mejor…
-  ¡Ya podes subir u os dejo sin comer un mes!
Atemorizados, los esclavos comenzaron el penoso ascenso. Al cabo de tres horas, les flaqueaban los brazos y a punto estuvieron de despeñarse.
-  ¡Qué hacéis, idiotas! — les increpó Jetý— ¿Queréis matarme para quedaros con mi comida?
Estas palabras dieron luz a una idea en la mente de los esclavos. Empezaron a dejarse caer suavemente desoyendo las maldiciones de Jetý. Cuando llegaron a tierra firme, con los mismos picos que ascendieron,  cayeron sobre el avaricioso jefe y le dieron muerte. Luego volvieron al barco y se dieron un gran festín mientras la sangre de Jetý corría como un río rojo sobre el desierto blanco.
Andaí, por su parte, recorrió un largo camino. A veces cazaba, aunque la mayor parte del tiempo más bien se dedicaba a robar lo que necesitaba. Cuando llegó a la tierra blanca, siguió el rastro de sangre que Jetý había dejado, llegando así al pie del glaciar. Se fijó en las marcas que dejaron los esclavos en el hielo al ascender y buscó en derredor los útiles que habían herido a la montaña de hielo. Tras muchos esfuerzos alcanzó la gruta. Cuando su mirada se posó sobre las Herramientas lo que vio lo cegó. Literalmente. Las Herramientas estaban protegidas con una magia por la cual sólo alguien que quisiera poseerla por motivos desinteresados, podría conseguirlas.
III
Cuando acabé de leer el libro era ya de día. El tiempo había mejorado y el vuelo estaba listo para salir a media mañana. En la cola para embarcar me asaltó una voz por detrás de mí.
-  Que buen libro debías estar leyendo que te ha tenido despierta toda la noche.
Me giré para ver de quién procedía aquella voz profunda y me encontré con un hombre de unos cuarenta años. Llevaba el pelo recogido en una cola y tenía un brillo simpático en los ojos. Hablaba con acento argentino.
-  ¿Me estabas espiando? —le pregunté.
-  Un poco, linda. Me llamó la atención lo que leías. ¿Cómo llegó a tus manos esa leyenda? No es muy conocida allá, en Argentina, y menos para los europeos.
-  Me confieso una enamorada de tu país. Busco y leo todo lo que puedo de tu tierra.
-  ¿Vas a Argentina de vacaciones o buscás chamba?
-  Voy a la aventura. No sé qué derroteros seguiré cuando llegue, sólo sé que de momento tengo reserva en un hostal de la Plaza de Mayo ¿Qué hay de ti?
-  Pues yo, viendo que acá ya no puedo laburar, vuelvo a casa a probar suerte allá.
Se me ocurrió que necesitaría un guía y le ofrecí trabajar para mí.
-  ¡Encantado! Además, conmigo no te vas a estufar[1], te lo aseguro.
-  ¿Estufar? —pregunté confundida.
Él rió y me dijo:
-  Vamos linda, es nuestro turno. Te pondré al día durante el viaje. Tenemos dieciséis horas por delante para de hacer de ti una autentica porteña. Por cierto, me llamo Mario.
-  Yo Adriana.
-  Encantado de conocerte, Adriana.
Cuando nos instalamos en el avión, volví a preguntarle qué significaba estufar.
-  Seguramente habrás oído hablar del “lunfardo”. Es una jerga que se originó a finales del siglo XIX, entre los lunfardos —o ladrones—. Lo usaba la gente de baja ralea como código para pichulear; trapichear, como dicen ustedes. Poco a poco se amplió con el grupo de mafiosos que lideró Ágata Galiffi. Esta mujer, heredó “el cargo” de su padre, pero se hizo legendaria por su inteligencia y belleza. Se la conoce en Buenos Aires como “la flor de la mafia”. De ahí en adelante el lunfardo se convirtió en el idioma de los tangos. Si te fijas, verás que Gardel usa muchas palabras en sus canciones que seguro no entiendes. Ya ves, me vas a tener que pagar doble, pues seré tu guía e intérprete de lunfardo-castellano.
Mario se interesó de nuevo por el libro que terminé la noche anterior y me preguntó si me iba a lanzar a la búsqueda de las Herramientas.

-  Es una leyenda preciosa — respondí— pero creo que si esas Herramientas existieran, habrían miles de personas buscándolas, o alguien las tendría ya en su poder…
-  No cualquiera es merecedor de ellas. Además, no están dónde dice la leyenda. Nadie conoce su paradero, pero yo podría ayudarte.
-  ¿En serio crees que existen?
-  ¡Claro! Es más, yo sé dónde están.
-  ¿Y por qué no las has cogido tú mismo?
-  ¿Quién dice que no lo he hecho? Mira, me caes bien Adriana. Creo que tú serías una buena custodia. Te voy a colaborar.
-  No puedo creer que hables en serio— le dije empezando a pensar que había trabado amistad con un loco.
-  Te  lo demostraré cuando lleguemos a ellas. No tenés nada que perder. ¡Así harás un poco de turismo por el camino!
Cuando llegamos a Argentina eran las ocho de la mañana. Calculé que en España sería la una de la tarde. Sabía que dejaba el invierno en España y que en Buenos Aires encontraría un tiempo cálido, pues allí era verano, pero no dejaba de sorprenderme haber salido de casa dos días atrás, en medio de un clima tan frío como el húmedo invierno barcelonés, y encontrarme de repente bajo un sol radiante y una temperatura tibia ya a esa hora de la mañana.
-  Bienvenida a Buenos Aires, linda. — dijo Mario con una gran sonrisa. Se notaba que echaba de menos estar en casa.
Tras el largo viaje, nos separamos para ir a descansar un poco. Él iba a alojarse en casa de un amigo pero me acompañó hasta mi hostal por si me perdía. Cuando me vi en la Plaza de Mayo, situada en el barrio de Montserrat, sentí que mi sueño se estaba haciendo realidad. Había visto fotos, por supuesto, pero ni las imágenes me habían preparado para lo que sentí al ver el majestuoso palacio de mármol rosa que era la Casa Rosada. Ver las importantes calles que confluían en la plaza e imaginar cómo fue la marcha de las madres de los desaparecidos durante la dictadura de Videla. Casi costaba trabajo creer que en medio de aquella soleada y alegre plaza, hubiese habido tanto desgarro y dolor.
Me instalé en el hostal y di una pequeña cabezada, luego me arreglé y me encaminé al legendario Barrio de Bocca, con sus viejos fondeaderos dónde destacan las viejas embarcaciones que han ido a morir en sus sucias aguas, como dice la canción “niebla del riachuelo”. Un barrio hoy lleno de color y alegría que parece hecho para distraer la atención del turista mientras un “lunfardo” te vacía los bolsillos. Una pareja bailaba un tango en una esquina. Parecía que todo Buenos Aires era tango.
Había quedado con Mario en el Barrio del Abasto, así que tomé un trolebús que me dejó en la zona donde se concentra la vida comercial de la ciudad. Aunque ahora rebosaba color y movimiento, antaño fue un lugar de emigrantes y conventillos.
Entré en el café convenido y mientras esperaba a Mario, escuchaba las conversaciones de la gente a mí alrededor. Palabras cogidas aquí y allá que ni en el contexto de la conversación era capaz de entender. Llegué a pensar en apuntarlas y luego preguntarle a mi traductor por su significado.
Este apareció a la hora señalada, fresco y hecho un brazo de mar. Nos fuimos a comer. Allí se comía a la misma hora que en España. Siguiendo los consejos de Mario, pude degustar un delicioso choripán, una especie de empanada de chorizo y alfajores de dulce de leche para el postre. Cuando acabamos de comer Mario anunció:
-  Bien linda, te voy a enseñar algo que te va a encantar. Luego rentaremos un auto, y comenzará nuestra aventura.
-  ¿A dónde vamos? —pregunté intrigada.
-  Al Cementerio de la Chacarita —anunció con grandilocuencia.
Era el lugar donde estaban enterradas las grandes personalidades que formaron Argentina. El Panteón de la entrada era impresionante; con semejante monumento podía hacerse uno a la idea de los ilustres que eran “sus moradores”. Escritores y poetas de la talla de Elias Castelnuovo o Evaristo Carriego, junto a figuras del tango como Francisco de Caro, entre otros muchos, descansaban eternamente unos junto a otros.
-  ¿Qué te pareció, linda?
-  Apabullante —atiné a contestar.
-  Pues vamos a por el carro, que no sabés el quilombo en el que te metes.
Después de un rato en la cola de la agencia de alquiler de coches, nos pusimos en camino. El paisaje, al salir de Buenos Aires, cambió poco a poco hasta que tan sólo nos rodearon los prados enormes y verdes de La Pampa. Cuando empezó a anochecer, Mario anunció que tras varios días sin apenas descanso, debíamos parar a dormir como Dios manda y que lo haríamos en el siguiente pueblo, Trelew.
-  ¿Vamos Ushuaia? —le pregunté.
-  ¿Por qué pensás que las Herramientas están en Ushuaia?
-  La leyenda habla de una tierra blanca donde el frío quema.
-  Claro, Tierra de Fuego. Pero las Herramientas ya no se encuentran allá.
Llegamos a Trelew y Mario fue directamente a un hotel precioso y con pinta de ser muy exclusivo.
-  Este viaje me va a salir un poco más caro de lo que pensaba. — dije.
-  No, aquí me conoces y tengo tarifa VIP.
Cuando nos acercamos a la recepción, el empleado reconoció de inmediato a Mario.
-  ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Querés la habitación de siempre?
-  ¡Jesús! Buenas noches. Sí, te agradecería la de siempre, si es que está vacante.
-  Ya sabe, Mario que el hotel la tiene siempre a su disposición y no la renta a nadie más.
¿Quién era este hombre, que era tratado con tanta deferencia en un lugar tan lujoso, y sin embargo vestía como un hippie? ¿Y por qué le trataban de usted, a la vez que lo llamaban por su nombre de pila? Tenía que admitir que mi acompañante me suscitaba una gran intriga. A mí se me asignó una habitación cercana a la de Mario, y cuando al fin pude introducirme en la mullida cama, de suaves sábanas, caí casi fulminada.
Cuando me desperté ya había pasado la hora del desayuno, así que llamé a recepción para pedir algo de comida.
-  Sí, señorita Adriana. Mario ya dejó encargado subirle el almuerzo cuando despertara. En seguida se lo llega un camarero.
El desayuno fue pantagruélico pero yo estaba famélica y no dejé ni una miga. Cuando estaba dando el último sorbo al café, Mario llamó a la puerta.
-  Vamos, linda. Tenés una dura tarea pendiente. ¡Vístete!
Me apresuré a arreglarme y fui a su encuentro en el vestíbulo. Le reproché que me hubiera dejado dormir hasta tan tarde.
-  Ya estamos cerca de nuestro destino —dijo—, y necesitarás fuerzas para la prueba que te espera.
Nos metimos en el coche y al rato llegamos a un bello paraje. La Isla de los Pájaros. Me llevó hasta el borde de un acantilado y, sin previo aviso, me empujó al mar.
-  ¡Vamos linda, a nadar!
Pensé que me mataba, pero no había mucha altura y ninguna roca se interpuso en la trayectoria de la caída. Ni siquiera el impacto contra el agua fue demasiado fuerte. Mario saltó detrás de mí y cuando ambos salimos a la superficie me indicó que debíamos nadar hasta la isla.
-  Seguro que hay algún barquito para turistas, que nos habría dejado en el mismo sitio mucho más secos —comenté con sarcasmo.
-  No, en el lugar al que nos dirigimos no puede fondear ningún barco. Ahora, ¡a nadar!
Tardamos una hora en alcanzar tierra. Estaba completamente extenuada. Apenas sentía los brazos. Mario, por el contrario, parecía salir de hacer unos largos en la piscina.
-  ¿Ves aquella gruta que se atisba en medio del peñasco? — me preguntó señalando una hendidura en la roca unos veinte metros por encima de nosotros — Vos tenés que llegar allá y debés ir sola. ¡Andáte!
Aquel hombre estaba loco. No podía moverme después de una hora de nado, ¡y ahora quería que me pusiera a escalar! En mi vida había trepado ni a un árbol siquiera, no podría escalar aquello tan escarpado y menos sin una triste cuerda de seguridad. Estaba segura de que Mario, por algún motivo desconocido, quería matarme.
-  No seas miedosa. Yo sé que podés lograrlo.
No sé qué me impulsó a comenzar el ascenso, ni de dónde saqué las fuerzas, pero de repente me sentía segura y en cuestión de dos horas alcancé la gruta. Al entrar, vi que Mario me espera ya dentro. Pensé que el muy canalla debía haber subido por alguna escalera excavada en el interior de la isla y me había hecho la jugada de hacerme ascender con penas y agonías.
-  Entrá por ese pasillo y encontrarás las Herramientas.
Seguí el pasillo. De repente este se bifurcó. Mario no me había dicho por dónde debía seguir. Tomé el camino de la derecha y llegué a un muro. No había salida y tuve que retroceder, hasta volver a la bifurcación. Seguí por la izquierda. Al cabo de un rato, me encontré ante tres caminos. Pensé seguir recto, pues parecía el camino lógico, pero volví a un punto muerto. De nuevo deshice mis pasos y volví a intentarlo por el camino de la izquierda.
Así anduve durante horas, hasta que por fin llegué a una sala. Sobre el dintel de la entrada se leía: “Las Herramientas de la Sabiduría”. Entré y vi que en pleno centro de la estancia se elevaba un atril de cristal y oro. Me acerque y observé que encima del atril había una hoja en blanco y una pluma, blanca como la nieve. Al pie un grabado rezaba: “Las verdaderas herramientas del saber, se consiguen en el camino hasta aquí”. Cogí la pluma y el papel y Mario entró en la estancia.
-  Ahora tenés las Herramientas de la Sabiduría. — me dijo— Tomaste muchas veces el camino equivocado, retrocediste y buscaste el buen camino. Igual que en la vida, tenés que equivocarte para aprender. Llegar al conocimiento cuesta tanto como cruzar a nado durante una hora o escalar sin ayuda una montaña, pero yo sabía que tú podías hacerlo. Ahora, debés custodiar las Herramientas hasta que encuentres a otro digno de cargar con esa responsabilidad. Aquí nos despedimos. Fue un placer hacer el viaje contigo. Cuídate mucho, linda. Adiós.
Dio media vuelta y se dispuso a marchar.
-  ¡Espera! — grité— ¿Volveré a verte? ¿Puedo escribirte? ¡Ni siquiera sé tu nombre completo!
-  Avati. Mario Avati.




[1] Estufar: significa “aburrirse” en dialecto lunfardo.