I
Georgina veía el cómo cambiaba el paisaje
a través de la lluvia en el cristal. El compartimento del tren en el que
viajaba estaba atestado. El olor de los animales se mezclaba con el de pobreza
humana. Un niño berreaba detrás de ella con una pasión que le estaba perforando
los tímpanos. Pronto tendría que ser ella la que calmara el llanto de su propio
hijo.
Ya se había recuperado del temor inicial
que sintió cuando se encontró frente al monstruo metálico que expulsaba tanto
humo que parecía que la niebla se hubiese colado en la enorme estación de
Francia. Ella había sido testigo del alzamiento de aquel edificio tan moderno.
Incluso se estaba acostumbrando al cambio en el paisaje que produjo la
construcción de la estación que, si bien fue terminada hacía ya cerca de un
año, se inauguró hacía tan sólo tres meses.
Pero verla por dentro era algo totalmente
diferente. Era un amasijo de hierro y cristales. Modernista, decían que era.
Apabullante era más cercano a la realidad que percibía Georgina. Era la primera
vez que veía un tren y, de haber tenido motivos menos sólidos para irse, habría
dado media vuelta y vuelto a casa de su tía. Pero no, temía más a Julia que a
cualquier máquina, por infernal que pareciese.
El viaje hasta Calais era largo y pesado.
Llevaba ya una semana de recorrido y cuanto más se acercaba a destino, más
largo se le hacía. El temor y la sorpresa se habían vuelto tedio y hastío a la
segunda jornada. Además se encontraba mal. Tenía nauseas constantemente y
sentía una punzada en el vientre que le dificultaba ponerse en pie y mantenerse
erguida. Aquellos bancos de madera le estaban rompiendo la espalda y las
piernas se le agarrotaban.
Su espíritu estaba tan maltrecho como su
cuerpo. Algunas de las mujeres que iban en el tren habían intentado trabar
conversación con ella. Pero no tenía ánimos para hablar. No tenía ánimos para
nada. Iba en busca de su amor, Peter, y ese era al único motivo de que se
mantuviera cuerda. Rememoró cómo había sido su vida hasta que lo conoció. Gracias
a él pudo recordar una sensación que había olvidado que existía: la de sentirse
amada.
Cuando Georgina era pequeña sintió esa
confortante sensación. Sus padres aún vivían y la colmaban de amor. Recordaba
los paseos por las Ramblas aferrada a la mano de su padre; cuando la llevaba a
jugar a la Plaza Real y ella corría entre los arcos que rodeaban la plaza de
las palmeras, mientras su padre la vigilaba tomando una cerveza con gaseosa y
conversaba con los otros habituales del lugar. Siempre le compraba alguna
fruslería de vuelta a casa. Procuraba que no fueran chucherías porque si luego no se comía la comida que su madre había preparado, la bronca se la
llevaban los dos.
—Desde luego, Juan, ella es una niña y no
tiene conocimiento. Aunque le he dicho mil veces que nada de dulces antes de
comer… —añadía su madre mirando a Georgina con reprobación — Pero tú, que eres
su padre, tendrías que tener más cabeza.
—Pero Rosa, es que vuelve de estar
saltando y jugando con los demás niños. Con tanto ejercicio y el olorcito que
despiden las garrapiñadas… No tuve corazón de negárselas…
Por eso Georgina dejó de pedirle
golosinas a su padre. Se contentaba con un globo o con una comba. Quería tantos
a sus padres que le dolía ver a su madre enfadada y a su padre aguantando un
chaparrón por culpa de ella.
Sí, fue muy feliz en la primera etapa de
su vida. La única sombra en su paraíso era cuando venía su tía Julia a visitar
a su madre. Aquella mujer atemorizaba a Georgina. Nunca la vio sonreír y jamás
le dedicó una caricia o una palabra amable. Siempre evitaba encontrarse con su
padre y, cuando se iba, su madre se quedaba unos días triste. Entonces no sabía
qué pasaba, aunque, en los años venideros, su tía se complacería en contarle la
historia varias veces y con todo lujo de detalles.
II
Rosa provenía de una acomodada familia
que vivía en uno de los palacetes de la Avenida del Tibidabo. Su padre era el
propietario de varias fábricas ubicadas en Hospitalet, el pueblo adyacente a
Barcelona. Esto, sin duda, reportaba a la familia una posición acomodada, pero
el grueso de la fortuna tenía un origen más oscuro que el humo de las fábricas
en las que explotaba obreros. Se decía que el señor Rovira, regentaba varios de
los prostíbulos más afamados del Raval.
El hombre, que tenía un porte y un trato
militar en su casa, era un bala perdida cuando salía por la puerta. Los
escándalos se levantaban a su paso; o se veía envuelto en una pelea de
borrachos en uno de los cafés de mala fama del Paralelo por una de las chicas
que hacían su espectáculo, o llegaba a casa con un ojo cerrado y el labio
partido por haber apostado más de lo que llevaba encima en el canódromo.
De
todas las diversiones que ofrecía la descocada Barcelona de principios del
siglo XX, de todas disfrutaba el señor Rovira con fruición. El juego y el
alcohol era lo menos depravado que se contaba en el amplio abanico de sus
preferencias. Todo esto Georgina lo supo por boca de otras personas, por
supuesto, pero incluso se llegó a extender un rumor que incluía sexo, hombres
rudos y látigos.
Y también llegaba a oídos de su sufrida y
humillada esposa; una señora de mucho copete, enseñada desde la cuna para
aguantar cuernos y palizas pero que jamás imaginó que tuviera que lidiar con
las miradas compasivas de sus amigas del club de señoras. En parte para evitar
esas miradas, en parte por creencias personales, la mujer dejó de acudir al
club y empezó a frecuentar la iglesia. Poco a poco, la altiva señora se fue
convirtiendo en una beata que veía al demonio en todos lados y especialmente en
su marido. Intentó llevarlo a hablar con el cura, que se planteaba un
exorcismo, y a cambio terminó con la nariz rota. Su marido le metió una paliza
tan tremenda que estuvo varios días sin poder mover nada más que los labios,
que se movían sin cesar repitiendo plegarias de ayuda y de perdón al señor.
La señora de Rovira inculcó la creencia
en Dios a sus hijas. Rosa con cuatro años y Julia con seis, pasaban las tardes
rezando el rosario y pidiendo al señor que perdonara los pecados de la familia.
Rosa no entendía qué pecados cometía su familia, pues la mayor parte los
integrantes se pasaban la vida en la iglesia o rezando.
Cuando las niñas se hicieron mayores, el
señor Rovira se preocupó, al menos, de darles la educación más selecta para las
señoritas de la alta sociedad que haría de sus hijas unas buenas amas de casa.
Profesores a domicilio al principio, e internados en Francia, cuando fueron más
adultas, se alternaban con la educación religiosa que su madre les procuraba
como complemento.
Julia parecía poco interesada en la
educación mundanal y se centró en la espiritual. Con dieciocho años, anunció
que no necesitaba refinamientos vanos, pues quería ofrecer su alma y su cuerpo
a Dios. La noticia de que quería hacerse monja fue recibida con gran algarabía
por parte de su madre, sin embargo el padre la encerró en su habitación sin
mediar palabra. Estuvo allí enclaustrada por espacio de dos semanas.
Una criada le llevaba cestas de pan y una
jarra con agua.
—Dile a mi padre que agradezco su
preocupación por mi alimentación. Su frugalidad me servirá para preparar a mi
cuerpo cuando entre en el convento.
Al día siguiente recibió una bandeja
rebosante de carne en salsa, encurtidos, dulces y vino.
—Dile a mi padre que agradezco su
preocupación por el bienestar de mi paladar pero no necesito toda esa comida.
El ayuno alimenta el alma y es pecado refocilarse con la comida.
En los siguientes dos días, no recibió
más que la jarra de agua.
Su madre le hablaba a través de la puerta
cuando el padre no estaba en casa:
—Querida, aguanta. Estás en el camino
correcto. Reza para que Dios te dé fuerzas.
Y eso hacía Julia. Rezaba y rezaba, y
mientras acallaba al gruñido de su estómago con más plegarias, se preguntaba
cómo acabaría aquel encierro. Y la respuesta no tardó en llegar. Un miércoles por
la tarde la puerta se abrió y no era la criada la que giraba el picaporte. La
figura de padre apareció con el porte frío y recio de siempre.
—Arréglate y reúnete conmigo en mi
despacho. Y no se te ocurra ponerte esos trapos negros que no se nos ha muerto
nadie y no hacen más que realzar lo anodina y deprimente que eres.
Julia se sentía intrigada. Su padre nunca
le había dado permiso para entrar en su despacho. Decía que allí sólo se hacían
negocios y que las mujeres no sabían ni lo que era un libro de cuentas. Por
temor a enfurecer más a su padre, se puso una sencilla blusa de algodón blanco
y una falda marrón.
Cuando entró en el despacho vio que
frente a su padre estaba sentado un joven. Pensó que se trataba de en una
reunión con algún socio de las muchas fábricas y se disculpó:
—Perdón por la interrupción. Pensé que
estaba solo, padre.
—Adelante Julia, pasa. No interrumpes
nada, de hecho estábamos esperándote.
Entonces el joven se puso de pie y Julia
lo reconoció. Era el hijo del dueño principal de la compañía que hacía la
competencia directa a su padre. Ramón era un joven obeso y paliducho. Su piel
estaba siempre cubierta por una película de sudor, incluso cuando hacía frío, y
su escaso pelo tenía siempre un aspecto aceitoso.
—Ya conoces a Ramón, así que huelgan las
presentaciones. Todo lo que necesitas saber es que ya he realizado los trámites
pertinentes y el domingo se celebrará la misa que os unirá en santo matrimonio.
Julia entró en pánico. Gritó, lloró y
suplicó pero de nada le valió. Cuando vio que nada de esto conmovía a su padre,
amenazó con quitarse la vida. Su padre río y le recordó que eso era pecado. Y así
fue como Julia se encontró casada con aquél repugnante ser lascivo y que, aparte
de parecer un cerdo, comía como tal.
Rosa vivió todo este drama apenada. Su
hermana y ella no tenían mucho en común, pero aun así la quería y le daba mucha
lástima pensar que, de todos los hombres atractivos que había en Barcelona, su
padre hubiese escogido al más repugnante. A raíz de esto comenzó a preocuparse.
—Padre, yo también me acerco a la edad
casadera, ¿también escogerá usted un marido para mí?
—Por supuesto, pequeña. Pero no temas, a ti te buscaré
un marido más acorde contigo. Julia se merecía un hombre como Ramón por querer
ir en contra de mis deseos y, además, a mí me convenía una alianza con su
familia, para los negocios. Pero tú no temas, eres mi niña especial. La más
dulce y bonita. Tú mereces un príncipe que te cuide como yo querría cuidarte
para siempre.
—¿Y podría escoger yo a mi propio marido?
—pregunto Rosa esperanzada.
— Confíaré en tu buen criterio. Al
fin y al cabo la moneda de cambio fue tu hermana. Tú eres mucho más lista que
ella y sabrás lo que más nos conviene a todos.
Rosa se sintió feliz. Su hermana Julia ya no estaba
para sermonearla por querer llevar vestidos bonitos, leer otros libros que no
fueran la Biblia y soñar con amar y ser amada. Ella había heredado el atractivo
de su padre y, a menor escala, por supuesto, las ganas de vivir y ser feliz. No
quería enterrarse en iglesias oscuras. La religión la asustaba, pues siempre
tenía la ira de Dios sobre su cabeza. Ella no era mala. Sólo le gustaban las
mismas cosas que al resto de las chicas de su edad.
A Julia sólo la veían los domingos en misa. Iba
siempre enfundada en sus ropas negras y sólo saludaba a su madre. Con su padre
no volvió a cruzar palabra y a Rosa la miraba con desprecio.
—Eres igual que padre — le dijo una vez— utilizas tu
belleza y tu falsa dulzura para encandilarlo. No eres más que una ramera. Algún
día acudirás a mi cuando tus pecados te superen y no sepas cómo manejarlos. No
te preocupes, eres mi hermana y nunca podría fallarte. Tu castigo me ayudará a
estar más cerca de mi salvación. El perdón es el mejor camino al cielo.
Rosa se quedaba con la sensación de que su hermana
había visto su destino y la zozobra la mantenía intranquila por unos días. Pero
era joven, alegre y bonita y pronto se olvidaba de las lúgubres palabras de su
hermana. Se limitó a dejar de ir a misa a la misma hora que ella y la evitaba
todo lo que podía.
Pasaron unos meses y entró a trabajar como jardinero
un mozo alto y moreno, un poco más mayor que Rosa. Juan se llamaba. Al principio Rosa se sentía
intrigada por aquel muchacho, que irradiaba una felicidad y una alegría que a
Rosa se le antojaba poco acorde con el estado de ánimo de los pobres.
A fuerza de verlo, cada vez se sentía más atraída
hacia aquel jardinero que siempre exhibía una blanca sonrisa y que no parecía
que el trabajo le pesase. Un día se atrevió a abordarlo:
—Pareces siempre tan contento. ¿Cómo es posible que siendo pobre seas feliz?
—¿Y por qué no iba a ser feliz? ¿Se ha dado cuenta de
la belleza que nos rodea?
Rosa observó el verde césped perfectamente cortado;
los macizos de flores de todos los colores y formas; los aromas de los rosales
embriagaban los sentidos. La fuente de mármol que escupía el agua reciclada del
pequeño lago, tenía a sus pies peces de colores y nenúfares blancos; los
helechos caían de los balcones formando una especie de selva lujuriosa y
exótica.
—La felicidad está en la belleza. Cuando creamos
belleza, nos sentimos felices porque hacemos del mundo un lugar más agradable.
¿Por qué no iba a ser feliz?
—Pero si no tienes dinero…
—El dinero es algo que cuánto más tienes, más
desgraciado te hace. Sufres por preservar tu patrimonio. Necesitas un heredero
que administre y engrose la fortuna. Temes que suceda algo que convulsione el
país y que te vayas a dormir siendo rico y te despiertes arruinado. A mí no me
falta la comida e incluso puedo irme de verbena de vez en cuando. ¿Qué más
puedo pedir?
Poco a poco Rosa comenzó a pasar más tiempo con Juan y, lo que empezó como una amistad, no tardó en convertirse en
amor. Rosa comprendía que su padre no aceptaría la boda, pero ella no quería
pasar el resto de su vida con ningún otro hombre. Decidieron realizar los
preparativos de la boda sin que nadie de su familia se enterase. Cuando el
enlace fuera un hecho, su familia no tendría más remedio que aceptarlo. No
sabía cuan equivocada estaba.
Su madre la acusó de fornicadora y a Juan de
arribista. Pero lo peor fue la reacción de su padre. Primero llenó de
improperios a la pareja, acusó a Juan de haber seducido a su hija con la
intención de hacerse con la fortuna familiar.
—No recibiréis ni un real del imperio que tanto me ha
costado levantar—gritó furibundo— Desde hoy repudio a esta zorra como hija mía.
Te has casado con un pobre, pues como pobre vivirás.
—Padre, no es el dinero lo que nos ha unido a Juan y a
mí—explicaba Rosa intentando aplacar a su padre —, nos queremos sinceramente. Compréndelo.
—Lo único que comprendo es que este sinvergüenza se ha
aprovechado de tu inocencia y tú me has demostrado que me equivocaba al confiar
en ti. ¡Y ahora largo de mi casa antes de que me lie a tiros con este
desgraciado malnacido!
Rosa y Juan emprendieron su vida en común en un
modesto piso situado en la calle Platería. Era pequeño y viejo, pero podían
vivir entregados el uno al otro. Rosa no echaba de menos los lujos superficiales
porque tenía un hombre que la adoraba y la comida no faltaba.
Sus padres no quisieron volver a saber nada de ella, pero Julia se presentó en su casa un día por la mañana. Rosa se alegró tanto de
ver a alguien de su familia, que no reparó en que su hermana no le dio ningún
beso ni hizo el más leve atisbo de acercarse a ella.
—¡Julia! ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás? ¿Cómo están
padre y madre? ¿Me han perdonado ya?
—No te hagas ilusiones, Rosa. Padre tuvo una apoplejía
cuando te fuiste. Está postrado en una cama medio paralizado.
—¡No puede ser! Pero, ¿cómo está? ¿Se pondrá bien?
—Los médicos no dan muchas esperanzas de que se
recupere. Tú has sido el fuego que ha encendido la mecha que él mismo se puso
con su vida disoluta y pecaminosa. Pero he venido a verte porque, como te
prometí una vez, no te voy a dejar sola. Has cometido un error por la lujuria
que te provocó ese hombre pero yo rezaré por la salvación de tu alma. Debes hacer
lo mismo.
—No te atrevas a decir que mi matrimonio es
pecaminoso, Julia. Eso no te lo permito. Nos hemos jurado amor ante los ojos de
Dios y estamos casados con su beneplácito.
—Puedes intentar engañarte a ti misma, pero los
motivos que movieron este matrimonio fueron pecaminosos. Dios lo sabe, y nada
excepto el arrepentimiento te podrá salvar.
Rosa desistió de seguir discutiendo con su hermana.
Era una fanática que se escudaba tras el Dios vengador y lleno de ira.
Esta visita que le dejó un mal gusto de boca se repetiría
durante los siguientes años. Su hermana siempre acudía para ponerla al tanto de
las desgracias de la familia. “Padre se ha arruinado”, “Madre está enferma”… Y
nunca se marchaba sin acusarla de que por sus pecados, la ira de Dios había
caído sobre su familia.
Pero Rosa y Juan seguían con su vida de amor y
felicidad que fue colmada cuando nació Georgina.